La mirada firme de un hombre que sabía el precio de la libertad.
El pelotón alineó sus fusiles. Frente a ellos, un abogado de 52 años, con la frente erguida y la certeza de quien ha cumplido su destino. Pedro «Perucho» Figueredo, el hombre que le puso música a la rebeldía de una nación, enfrentaba la muerte con la misma entereza con la que había compuesto, dos años antes, las notas que hoy son el alma de Cuba.
Era el 17 de agosto de 1870. Las autoridades coloniales españolas habían decidido silenciarlo para siempre. Pero no sabían que la música, una vez escuchada, no se olvida.
—Morir por la Patria es vivir —dijo antes del disparo.
Y con esa frase, Perucho Figueredo se volvió inmortal.
El hombre antes del himno.
Había nacido en Bayamo, ciudad que lo vio crecer entre partituras y leyes. Abogado, poeta, músico y estratega, Figueredo no era un revolucionario cualquiera: era un hombre de estirpe patriótica que entendía que la libertad se construía con hechos, no con discursos.
El 10 de octubre de 1868, cuando Carlos Manuel de Céspedes liberó a sus esclavos en el ingenio Demajagua, Perucho no dudó:—Me uniré a Céspedes y con él he de marchar a la gloria o al cadalso —pronunció ante los suyos.Siete días después, se incorporó a las tropas independentistas con el grado de teniente general y jefe del Estado Mayor.
Su inteligencia y valentía lo llevarían pronto al rango de Mayor General del Ejército Libertador.
El día que Bayamo ardió
Cuando las tropas españolas estuvieron a punto de recuperar su ciudad natal, Figueredo tomó una decisión que define a los héroes verdaderos: prefirió incendiar su propia casa antes de que el enemigo la profanara. Bayamo ardió, pero su dignidad permaneció intacta.
La última declaración
El 16 de agosto de 1870, frente al consejo de guerra, sus verdugos esperaban ver a un hombre derrotado. Encontraron, en cambio, a un jurista que conocía las leyes mejor que ellos:—Soy abogado y conozco la pena que me corresponde: la de muerte.
Pero no crean que triunfan. La Isla está perdida para España. El derramamiento de sangre es inútil. Si siento mi muerte es solo por no poder gozar con mis hermanos la obra de redención que ya ha comenzado.
El eco que persiste
Hoy, a 156 años de aquel fusilamiento, Cuba recuerda a Perucho Figueredo.
Sus restos descansan en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago, junto a otros tantos que ofrendaron su vida por la libertad.
Pero su verdadero monumento no es de piedra. Está en la voz de cada cubano que entona el Himno Nacional al despertar.
En cada «Al combate corred, bayameses» que se canta con el puño en alto. En esa melodía que, como su autor, se negó a morir.Porque Perucho Figueredo no compuso una canción: compuso la memoria de un pueblo que aún late al ritmo de su música.