Un 27 de julio pero de 1967, Baracoa amaneció con un ritmo inusual. La ciudad más antigua de Cuba se vestía de gala para recibir al comandante Fidel Castro Ruz, quien arribaba a la región oriental con un propósito concreto: inaugurar oficialmente las obras de Gran Tierra, un ambicioso proyecto agrícola destinado a transformar el paisaje productivo de la zona.
El acto, sin embargo, trascendió pronto el mero informe de infraestructura. Ante campesinos, técnicos y vecinos congregados, Fidel subió a la tarima y, en lugar de centrarse únicamente en cifras o metas de producción, dirigió el foco hacia la memoria histórica.
En su intervención, el mandatario subrayó que el presente no era un punto de partida, sino el resultado de una larga cadena de esfuerzos.
«Este pueblo tiene una larga tradición de lucha desde hace mucho tiempo», afirmó, para luego añadir que esa resistencia continua fue lo que permitió forjar una conciencia colectiva.
Una conciencia que, en su opinión, demostró ser más fuerte que la propia dominación: «conciencia que no pudo ser destruida en todos los siglos de dominación», sentenció.
Con estas palabras, Castro Ruz vinculó el sudor del trabajo agrario con la épica de las gestas independentistas. La jornada quedó así registrada no solo como un hito constructivo, sino como una reafirmación política: para la Revolución, la soberanía no se construye únicamente con hormigón y tractores, sino con el arraigo profundo de una identidad que supo resistir el embate de la historia.