La entrega y la trayectoria ejemplar del histórico revolucionario sirven de estandarte para las nuevas generaciones
Ramiro Valdés Menéndez perteneció a esa estirpe de hombres que el tiempo no borra, sino que eterniza. Su nombre quedó atado, durante décadas, a la liturgia más severa de la Revolución Cubana: la clandestinidad, el combate, la disciplina.
Nació en Artemisa y desde temprano luchó contra la gravedad para llevar sobre sus hombros la carga de su generación. Su juventud se confunde con la historia grande: el asalto al Moncada, la expedición del Granma, la Sierra, la guerra de guerrillas que abrió paso al triunfo.
Su actuar nunca desmintió al muchacho que, en los años de Batista, militaba en la Juventud Ortodoxa y hablaba de sabotajes, de cadenas arrojadas a los tendidos eléctricos, de acciones pequeñas y obstinadas.
En México fue segundo del Che: compartieron prácticas de tiro y caminatas, y Ramiro admiró su entereza frente al asma. Luego vino el yate Granma: las tablas podridas, el peso de las cajas, el incesante vaivén de las olas. Desembarcó de último, para cerciorarse de que nada se quedara.
En Alegría de Pío, la fatalidad lo separó de los suyos. Solo, con el cañaveral como laberinto y el hambre royéndole las entrañas, se replegó junto a Almeida, evadieron emboscadas, burlaron la red enemiga y llegaron, casi sin fuerzas, pero intactos, al encuentro con Fidel y Raúl.Ramiro tenía entonces 24 años.
En la Sierra fue forjando el oficio: primero en la Columna 1, luego en la Columna 4, hasta que el destino lo puso como segundo de la Columna 8 Ciro Redondo, bajo el mando del Che. Cuentan que cuando una bala detuvo al argentino, Ramiro, sin estridencias, tomó las riendas de la tropa.
Con el triunfo revolucionario, ocupó responsabilidades en el Ministerio del Interior, en las Fuerzas Armadas, en la viceprimera línea del Gobierno.Fue figura de confianza, hombre de diálogo, presencia en los engranajes del Estado.
En sus visitas a provincias se le veía intercambiar con amabilidad, pausadamente y con mucho tacto. Su figura creció en el imaginario oficial como la de un Comandante de firmeza inquebrantable.
En torno a él se acumuló la idea de una lealtad a toda prueba al proyecto nacido en 1959.En su trayectoria, se condensan las tensiones de la historia cubana: la épica y la disciplina, el sacrificio y la vigilancia, la promesa y el costo.
No es fácil separar en él al combatiente del funcionario, al muchacho clandestino del hombre de Estado. Quizá por eso su nombre sigue provocando lecturas, como si cada época necesitara fabricar su propio Ramiro Valdés.
Y así quedó: como una figura más asociada a la severidad que al elogio, quizá, porque fue un hombre que atravesó la Revolución desde adentro y terminó fundido con sus hazañas más duras, sin perder nunca la sensibilidad.
Hoy, ante su partida física a los 94 años, comprendemos que hay hombres que envejecen hacia la melancolía y otros hacia la permanencia. Ramiro perteneció a estos últimos. No se ha ido; se queda como la luz de un atardecer que se niega a disiparse.