Trece de marzo: la ofrenda de la juventud

Trece de marzo: la ofrenda de la juventud

El 13 de marzo de 1957, en una audaz acción combativa, cayó asesinado el joven dirigente estudiantil José Antonio Echeverría, al frente del Directorio Estudiantil Revolucionario, organización que programara el suceso con el propósito de ajusticiar al dictador Fulgencio Batista y dar las armas al pueblo de La Habana para encender una vigorosa insurrección popular armada.

Esa acción fracasada militarmente, en cambio significó un hecho de gran crecimiento moral de la nación, expresión de que sus más jóvenes y valientes hijos habían determinado hacer de la lucha armada el mejor camino hacia la libertad. La sanguinaria dictadura batistiana, con todos los derechos constitucionales violentados y el crimen por delante, no había dejado otra manera viable.

El propio José Antonio había señalado en días previos que si caía su sangre señalaría el camino hacia la libertad y así fue, como ya lo habían hecho tantos otros hijos de Cuba.

Por ello, cada mes de marzo la rememoración de tal acción, devenida en ofrenda patriótica juvenil a la Patria, trae a los cubanos la importancia de aquellos acontecimientos, articulados a la cadena de luchas que por entonces se libraba en el país, con la vanguardia de los combates guerrilleros en el corazón de la Sierra Maestra, liderados por Fidel Castro.

Con antelación, José Antonio, también presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), había suscrito en México con el dirigente Fidel Castro un histórico documento que enlazaba los propósitos de unidad con el Movimiento 26 de Julio, cuando esa organización preparaba en el exilio la expedición del yate Granma.

En días como estos, vuelven a la memoria justamente los heroicos asaltos al Palacio Presidencial y a Radio Reloj, que llevaron a un destacamento de jóvenes valientes del brazo armado de la FEU a personarse en la madriguera del dictador.

Fue una acción muy osada, pero no pensada a la ligera. Al frente del gobierno como presidente usurpador desde el 10 de marzo de 1952, Fulgencio Batista mantenía una sangrienta ejecutoria que enlutaba casi a diario al pueblo y a las madres cubanas.

El plan contemplaba tomar la emisora nacional Radio Reloj, desde donde se daría a conocer al pueblo la noticia. Luego debían continuar con la entrega de armas a la población de la urbe desde los predios de la Universidad de La Habana y se esperaba que, una vez divulgada la noticia por el éter, no solo los capitalinos, sino toda la nación apoyara la gesta libertaria.

Sin embargo, no todo pudo ocurrir según lo previsto aquel día aciago. Concurrieron circunstancias que devinieron obstáculos para los revolucionarios. El comando juvenil que entró relativamente fácil en el Palacio Presidencial, debido al factor sorpresa, y llegó a penetrar en el Salón de los Espejos, tuvo confusión al ver que el tirano no estaba en su despacho, como era habitual, alrededor de las tres de la tarde.

Para mayor infortunio, nunca llegó el apoyo programado: un camión de armamentos, a usarse como respaldo al combate que se entabló con rapidez. Además, la guarnición presidencial se enfrentó rápidamente a los asaltantes. Fue mortalmente herido Carlos Gutiérrez, uno de los jóvenes revolucionarios.

Cuando José Machado, Machadito, se dio cuenta de que no podrían ganar la acción, ordenó la retirada. Tuvo que regresar al interior del Palacio a fin de rescatar a su compañero Juan Pedro Carbó Serviá, al percatarse de que este se había perdido dentro del recinto.

Sin conocer el rumbo infausto de los acontecimientos, José Antonio se dirigió junto a Fructuoso Rodríguez a Radio Reloj. La transmisión de su vibrante alocución fue interrumpida y su contenido no pudo escucharse en lo esencial por la población, pero fue grabado para la historia. Hoy es un testimonio estremecedor de aquel patriotismo sin límites protagonizado por jóvenes cubanos.

Al salir de la emisora, José Antonio se encamina a la universidad, donde debía haber otros estudiantes.

Inesperadamente el auto en que viajaba Manzanita, como se le conocía, choca con un patrullero que posiblemente salió a cortarle el camino. Como era de esperar, el joven no se amilana y enfrenta con su pistola a los sicarios, que le disparan con mayor pericia y lo derriban al suelo. Allí lo ultimaron cobardemente.

Fue en una calle aledaña a su amada Universidad de La Habana, donde estudiaba arquitectura, el lugar donde cayera el líder juvenil. Su ejemplo vive. (Martha Gómez Ferrals)

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