jueves 09 julio 2026

Contar la historia desde los cimientos de la vida

El momento que vive Cuba está marcado por enormes tensiones y necesidades, agravadas por los efectos del bloqueo económico impuesto por el gobierno de los Estados Unidos, aunque para muchos resulta difícil comprender que, después de tantos años de lucha y sacrificios, el país no haya alcanzado plenamente el bienestar al que legítimamente aspira su pueblo.

Esa realidad puede entenderse si se vuelve la mirada hacia quienes vivieron desde sus cimientos la construcción de la Revolución y cuyas historias personales, entrelazadas, terminan por explicar la historia de toda una nación, apartándose de las justificaciones innecesarias.

Nuestro protagonista nació en Arroyo del Medio, Mayarí Arriba, en un humilde rancho de yaguas y guano levantado sobre la cima de una loma. A pocos metros vivían sus abuelos maternos: él, un emigrante español que había llegado a Cuba siendo muy joven; ella, una mujer negra descendiente de africanos. El destino quiso que ambos se conocieran en el central Ermita, en Guantánamo, donde comenzaron una historia familiar que, años después, echaría raíces en las montañas del Segundo Frente santiaguero.

Su llegada al mundo estuvo marcada por la angustia. Según le contaba su madre, fueron largas horas de dolor e incertidumbre mientras ella y la partera luchaban para que el parto llegara a feliz término. “El niño venía atravesao”, recordaba, “y no había manera de acomodarlo”. Solo después de un largo forcejeo lograron que naciera con vida. “Gracias a Dios di a luz a mi negrito”, repetía siempre con alivio y emoción.

Tres años después, cuando la pobreza golpeaba con fuerza a la familia, sus padres se separaron. Él y su hermana fueron a vivir con sus abuelos paternos, conocidos en toda la zona como “los Muñoces”, quienes, al igual que “los Rivas”, sobrevivían exclusivamente del trabajo de sus manos y de lo que lograban arrancarle a la tierra.

Como hijo de campesinos pobres, desde muy temprano conoció las privaciones más elementales. El aislamiento de aquellos parajes y la escasez de recursos hacían que el acceso a la atención médica y a la educación pública fuera prácticamente inexistente. La ropa era escasa, el calzado constituía un lujo y las enfermedades infecciosas se propagaban con facilidad. No era extraño, por ello, que los mayores repitieran con resignación el viejo dicho de que “hasta para morir se pasaba trabajo”.

Sin embargo, recuerda que “el alimento rara vez faltaba”. Salvo la sal, el aceite, un poco de azúcar y algunos productos indispensables que debían adquirirse en las tiendas, las pequeñas fincas de sus abuelos producían casi todo lo necesario para la subsistencia: viandas, frijoles, arroz, maíz, frutas, ganado vacuno y caprino, además de cerdos y gallinas. La mayor parte de esa producción se destinaba al consumo familiar, porque “solo el café tenía un mercado asegurado”, recuerda, “aunque se pagaba a precios muy bajos”.

La llegada de la Revolución no transformó de inmediato las precarias condiciones materiales en que vivía su familia, no obstante, abrió un horizonte de oportunidades hasta entonces inimaginable para un niño nacido en aquellas montañas: por primera vez, la educación, la atención médica y la posibilidad de superarse dejaban de ser privilegios reservados para unos pocos.

Sesenta y siete años después, pese a las dificultades acumuladas y al impacto del bloqueo impuesto por el gobierno de los Estados Unidos, aquella experiencia personal sigue reflejando la de millones de cubanos que crecieron convencidos de que el estudio, el trabajo y la participación colectiva eran el camino para construir una sociedad más justa.

La historia de aquel niño nacido en un rancho de yaguas y guano es, en buena medida, la historia de una generación que encontró en la Revolución la oportunidad de transformar su destino y contribuir, con esfuerzo y perseverancia, a la construcción del país: lamentablemente sigue siendo una aspiración.

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Los juristas son, en principio, servidores públicos imprescindibles.
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Joel @ No todo está perdido
abril 11, 2024 at 1:44 am
Son los jóvenes quienes, en mayoría, llevan el mayor peso del quehacer cotidiano del país. Así ha sido siempre. No…
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