La madrugada del 26 de julio de 1953 no era una madrugada cualquiera. Era el filo de la historia. Y en las calles empedradas de Santiago, un muchacho de 22 años, fusil Springfield al hombro, caminaba hacia su propio mito.

Raúl Castro Ruz no había sido convocado para mandar. Su nombre no figuraba en los escalafones del mando aquella noche. Pero el Palacio de Justicia, flanqueando el cuartel Moncada, lo esperaba como un crisol. Junto a cinco compañeros, su orden era clara: tomar el edificio, ganar su azotea, disparar desde las alturas.

Lo que ocurrió después lo cuenta el historiador Nikolai S. Leonov en Raúl Castro: Un hombre en Revolución: hasta horas antes, el hermano menor de Fidel ignoraba los detalles del plan.
En la Granjita Siboney se le reveló la operación, celosamente guardada. Y allí, en el silencio previo al estallido, comenzó su metamorfosis.En el fragor, capturaron a los guardias.
Los encerraron. Desde arriba abrieron fuego contra el Moncada. Pero fue en la retirada —cuando la acción principal se desmoronaba— donde Raúl se puso al frente. Un sargento batistiano estaba a punto de apresar a varios rebeldes.

Él, con un movimiento rápido, le arrebató la pistola, sometió a los soldados y los sumó al encierro. Sin título ni grado, se convirtió en el jefe natural.
Dos días errante. Dos días esquivando cercos militares. Hasta que en San Luis, el 28 de julio, cayó preso. Pero sobrevivió. Y la derrota del Moncada se transformó, en sus manos, en escuela y resistencia.
Hoy, a 73 años de aquel bautismo de fuego, la figura de Raúl Castro Ruz no es solo memoria. Quieren desacreditar su lealtad a la Revolución y a su pueblo tras las calumnias del Departamento de Justicia de Estados Unidos con la acusación canalla, carente de legitimidad y jurisdicción.

No es un hecho judicial. Es una provocación política que retuerce la historia —la del derribo de dos aeronaves de la organización terrorista Hermanos al Rescate en 1996, violadores reincidentes del espacio aéreo cubano.
La Habana denunció entonces ante la FAA y la OACI. Washington no actuó.La respuesta de Cuba fue un acto de legítima defensa, amparado por la Carta de la ONU. Y es de un cinismo insoportable que la misma nación que ha ejecutado a casi 200 personas en aguas internacionales —ejecuciones extrajudiciales, según el Derecho Internacional— pretenda hoy señalar al líder de una revolución que solo ejerció su soberanía.
Las santiagueras y santiagueros, junto al Gobierno Revolucionario, rechazan con la mayor firmeza este infamante acto. Porque esta acusación espuria se suma al bloqueo genocida, al castigo colectivo, a las amenazas armadas. Pero ni la calumnia ni el cerco doblegarán a un pueblo que respalda sin fisuras al General Raúl Castro Ruz.

Allí, donde el Moncada se convirtió en Ciudad Escolar 26 de Julio, hoy plantel de referencia nacional por la calidad de su formación integral, se cumplió la premonición del Máximo Líder: maestros con vocación de servicio, forjando hombres y mujeres de bien para afianzar el futuro de la Patria.

Porque los líderes no se designan. Se forjan en los momentos decisivos. Y aquel joven del fusil Springfield lo demostró la primera noche de su leyenda.