El 3 de enero de 2026 marcó un antes y un después en la historia reciente de América Latina. La agresión armada contra la hermana República Bolivariana de Venezuela, perpetrada por el gobierno de Estados Unidos, no fue un hecho aislado ni un accidente diplomático. Fue un mensaje brutal, directo, que despojó a nuestra región del estatus de Zona de Paz proclamado por la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Desde ese día, quedó claro que cualquier país que sostenga una política contraria a los intereses de Washington puede convertirse en objetivo militar.
Cuba no puede ignorar esta realidad. La doctrina de la guerra de todo el pueblo, concebida para garantizar que cada ciudadano sea parte activa en la defensa nacional, adquiere hoy una vigencia ineludible. No se trata de un ejercicio teórico ni de un recurso retórico: es la única garantía de supervivencia frente a un enemigo que no duda en emplear armas de última generación, estrategias de guerra no convencional y campañas de desinformación para justificar sus agresiones.
La experiencia venezolana lo demuestra. Antes de los misiles, llegaron las acusaciones de narcotráfico; antes de las tropas, se desplegaron las matrices de opinión que buscaban aislar y demonizar al gobierno legítimo. La guerra moderna no comienza con disparos: comienza con titulares, con discursos manipulados, con la construcción de un enemigo imaginario que luego se convierte en blanco real. Cuba ya conoce esa estrategia, porque la ha sufrido durante décadas en forma de bloqueo, campañas mediáticas y sanciones.
Pero ahora el escenario es más peligroso. La agresión contra Venezuela estableció un precedente que no admite dudas: la paz regional puede ser quebrada en cualquier momento, y la excusa será siempre la misma, disfrazada de “defensa de la democracia” o “lucha contra el crimen organizado”. En ese contexto, descuidar nuestra defensa sería un error imperdonable. La guerra de todo el pueblo no es una consigna, es una necesidad vital.
Debemos entender que, si la guerra estalla, no habrá distinciones. No será solo contra quienes defienden el proceso revolucionario cubano. En una guerra todos somos objetivos: los combatientes, los trabajadores, los estudiantes, los ancianos, los niños. El enemigo no distingue entre convicciones políticas ni entre uniformes y ropas civiles. Lo llaman “daños colaterales”, pero en realidad es la destrucción indiscriminada de vidas y comunidades.
Por eso, la defensa nacional no puede ser vista como tarea exclusiva de las Fuerzas Armadas. Es un deber colectivo, un compromiso que atraviesa cada espacio de la sociedad. La guerra de todo el pueblo significa que cada barrio, cada fábrica, cada escuela, cada familia se convierte en bastión de resistencia. Significa que la soberanía no se delega: se ejerce, se defiende, se protege con la participación consciente de todos.
El pueblo cubano sabe lo que está en juego. La historia nos ha enseñado que la independencia no se regala, se conquista y se preserva con sacrificio. Martí lo advirtió: “La patria es ara, no pedestal”. Hoy esa frase resuena con fuerza renovada, porque la patria no es un símbolo abstracto, es la vida misma de quienes la habitan. Y defenderla implica asumir que la amenaza es real, que la agresión puede ocurrir, que el caso de Venezuela no fue un accidente sino una advertencia.
No podemos permitirnos la ingenuidad de creer que el enemigo se detendrá en nuestras fronteras por respeto a tratados o declaraciones internacionales. La agresión contra Venezuela demostró que la voluntad imperial se impone sobre cualquier compromiso regional. La única respuesta posible es la preparación consciente, organizada y masiva de nuestro pueblo.
La guerra de todo el pueblo es, en esencia, la certeza de que la defensa nacional no se fragmenta, no se delega, no se posterga. Es la convicción de que cada cubano y cada cubana tiene un papel en la resistencia. Porque si la guerra llega, y no podemos descartar que llegue, será para todos. Y solo una nación dispuesta a defenderse en bloque podrá sobrevivir al embate.
Hoy, más que nunca, debemos mirar de frente la amenaza y asumirla con objetividad. No hay espacio para la duda ni para la complacencia. La agresión contra Venezuela nos recordó que la paz es frágil y que la soberanía se defiende con hechos, no con ilusiones. Cuba tiene la doctrina, tiene la historia y tiene la voluntad de resistir. Lo que falta es la conciencia plena de que la defensa nacional es tarea de todos, porque en una guerra no hay espectadores: todos somos protagonistas, todos somos objetivos, todos somos responsables de la victoria.