Alberto es un joven santiaguero que apenas supera los 25 años. La primera impresión que transmite es la de una persona seria, respetuosa y de verbo coherente, imagen detrás de la cual, se encuentra una historia marcada por las dificultades económicas y la responsabilidad familiar.
Eran las 7:45 de la mañana cuando nos encontramos.
«Todos los días salgo a buscar trabajo; a veces tengo suerte y otras veces no; la vida está dura y tengo que comer», afirma.
Dice haber nacido y crecido en el reparto Flores, de la ciudad de Santiago de Cuba, aunque actualmente vive en el reparto Abel Santamaría junto a su madre, a quien debe cuidar y mantener. «Vivimos solos; tengo que atenderla y garantizarle la comida», explica.
Al preguntarle por sus estudios, cuenta que, después de cumplir el Servicio Militar General (SMG), matriculó una carrera, sin embargo, tuvo que abandonarla. «No pude continuar; mi mamá y yo vivimos solos y no podía llevar al mismo tiempo los estudios y el trabajo. La jubilación que recibe por enfermedad no alcanza, y usted sabe cómo está la situación con la alimentación y los medicamentos».
Mientras conversaba con Alberto, recordé una convocatoria publicada por el Hospital Provincial Juan Bruno Zayas, para cubrir plazas de custodios y auxiliares de limpieza, con salarios mensuales de 12 mil y 9 mil pesos, respectivamente. Le comenté sobre esas ofertas, pero su respuesta fue contundente:
«Tendría que trabajar todo el mes, hacer turnos nocturnos y dejar a mi mamá para que alguien la cuidara; al final, recibiría un dinero que no me alcanza para los gastos».
Para muchas familias cubanas, comer se ha convertido en la principal preocupación, y comer bien, es casi un privilegio.
Las dificultades económicas, provocadas en su mayoría por el genocida bloqueo impuesto por el gobierno de los Estados Unidos a Cuba, han obligado a numerosas personas a posponer o abandonar prioridades y proyectos que antes ocupaban un lugar central en sus planes de vida.
Alberto no es el único que enfrenta esta realidad, aunque no todos piensan ni actúan de la misma manera. Ese día, sin embargo, tuvo suerte: consiguió trabajo en una obra de construcción privada.
«Me pagaron bien, gané para la comida del día», me comentó entre señales de agotamiento y satisfacción, » y me dijeron que volviera mañana».
Como cada día, Alberto buscará una oportunidad para trabajar, llevar alimentos a casa y cuidar de la persona que depende de él, porque su futuro, lamentablemente, parece que no se mide en grandes planes, sino en la posibilidad concreta de resolver el día a día.