Nicolás Guillén llega al mundo un 10 de julio, y con él, la poesía cubana encuentra su pulso más hondo. No solo poeta: periodista de la calle, activista de la palabra, cronista de un pueblo que aprendió a nombrarse en sus sílabas.
Su obra no fue blanca ni negra: fue color cubano, en cada poema, el mestizaje no se estudia, se baila. La transculturación no se explica: se siente, como el son que sube del barrio y se hace bandera.
Guillén no escribió para la élite; escribió para la esquina, para el tabaco, para el sudor y la fiesta.»Tengo el gusto de andar por mi país, dueño de cuanto hay en él…», confesó. Y anduvo, sí.
Pero no como turista, sino como hijo que reconoce cada piedra y cada rostro.
Premio Nacional de Literatura, poeta esencial del archipiélago, su voz sigue siendo brújula en un tiempo que a veces olvida el ritmo de sus propias raíces. Porque Guillén no cantó a una Cuba abstracta: cantó a la que duele, sueña y resiste.
Hoy, en su natalicio, la palabra vuelve a ser tambor. Y en ese golpe, lo esencial: la memoria que no calla, la identidad que se escribe con tinta de caña y de mar.