La interrogante marcó el intercambio entre la filial de escritores de la UNEAC y las principales autoridades del territorio, Beatriz Johnson Urrutia, primera secretaria del Partido en la provincia, y Manuel Falcón Hernández, su gobernador.
Más que un ejercicio formal, el encuentro propició un análisis pausado sobre los desafíos culturales que atraviesa la ciudad y las oportunidades que aún están por activar.

Uno de los ejes centrales fue la defensa del capital simbólico literario santiaguero, entendido no solo como herencia, sino como recurso activo en la construcción de una nueva visibilidad para la ciudad.
En ese sentido, se insistió en la necesidad de articular mejor ese patrimonio intangible con las dinámicas contemporáneas, de manera que dialogue con los públicos actuales y contribuya al desarrollo local.
La mirada se desplazó entonces hacia los espacios. Las bibliotecas, tradicionalmente concebidas como centros de consulta, fueron pensadas desde una perspectiva más amplia: como posibles nodos de la economía creativa, con capacidad para generar proyectos culturales, dinamizar comunidades y ampliar su alcance social. No se trata de sustituir funciones, sino de enriquecerlas.

De igual forma, se abordó la situación de inmuebles vinculados a la memoria histórica, particularmente aquellos asociados a figuras de la independencia. Su protección y uso adecuado no solo responden a una necesidad patrimonial, sino también a la construcción de una narrativa urbana coherente, donde la historia forme parte de la experiencia cotidiana de la ciudad.
En el plano simbólico, se destacó la importancia de continuar jerarquizando figuras esenciales de la literatura cubana como José María Heredia y José Manuel Poveda. La intención, más allá de la evocación, apunta a integrarlos de manera más efectiva en los circuitos culturales y en la programación habitual de las instituciones.
Las intervenciones coincidieron en un punto clave: Santiago de Cuba posee una densidad cultural excepcional, pero su proyección depende de la capacidad de organizar, actualizar y sostener ese potencial en condiciones concretas. De ahí la importancia de avanzar hacia modelos de gestión más integrales, que articulen instituciones, creadores y públicos.
No se trata únicamente de transformar estructuras, sino de afinar la manera en que la cultura se inserta en la vida de la ciudad. En esa relación, más orgánica y funcional, se juega también la percepción que se construye hacia dentro y hacia fuera del territorio.
Porque, en definitiva, la imagen de una ciudad no se define solo por lo que representa, sino por lo que logra activar, sostener y compartir en el tiempo.