Imagen tomada de Internet ***
Tuve la dicha de “conocer” a José Martí Pérez desde muy temprano, en los años de mi infancia campesina, aunque la imagen que entonces me formé de él dista mucho de la que conservo hoy.
Antes de descubrir al hombre, conocí al símbolo: una presencia casi sagrada que habitaba en las conversaciones familiares y en las historias contadas. Mis padres, abuelos y otros parientes hablaban de Martí con una mezcla de admiración y veneración, como si se tratara de una figura mítica y distante, más cercana a lo espiritual que a un ser humano de carne y hueso.
Más tarde, en la escuela, descubrí al Martí más popular: el inmortalizado en los bustos de yeso que presiden las ceremonias cívicas en los centros de enseñanza; el hijo de Don Mariano Martí y Doña Leonor Pérez, nacido en la Calle Paula de La Habana; el autor de los Versos sencillos; el patriota que organizó la Guerra Necesaria y cayó combatiendo en Dos Ríos.
Sin embargo, fue muchos años después, cuando viví y trabajé durante un tiempo en la oriental provincia de Guantánamo, que realmente comencé a descubrir al “otro” Martí: al hombre cercano y profundamente humano, dispuesto a entregar la vida cada día por la independencia de Cuba; al organizador incansable del Partido Revolucionario Cubano; al líder que comprendió que la unidad de todos los patriotas era indispensable para alcanzar la victoria; y al Mayor General del Ejército Libertador que decidió compartir la suerte de quienes combatían en la manigua.
En esa región de Cuba rendí homenaje a su memoria en varias ocasiones: en Playita de Cajobabo, por donde desembarcó para incorporarse a la Guerra Necesaria; también recorrí parte de la ruta que dejó plasmada en su diario de campaña, probé algunos de los alimentos que menciona haber consumido y me refugié del sol bajo la sombra de la misma flora que describió durante su travesía por las montañas de Imías.
Entonces lo imaginé avanzando entre aquellas abruptas montañas y espesos matorrales, compartiendo el cansancio, la incertidumbre y la esperanza con Máximo Gómez y demás acompañantes.
Fue allí, en las montañas de Imías de la provincia de Guantánamo, donde comprendí con mayor profundidad el sentido de su célebre frase: “Subir lomas hermana hombres”, síntesis del espíritu de solidaridad, compañerismo y unidad que marcó aquella travesía y que aún perdura en la memoria de Cuba.