En Chivirico, pequeño asentamiento de Guamá, en Santiago de Cuba, la jubilación no siempre significa reposo. Allí, Celiano Cabrera Tarragó, licenciado en Derecho, combina su pensión con un contrato de recontratación en labores jurídicas, pero su verdadero afán está en la tierra.
A sus años, camina cada día hasta una pequeña parcela donde cultiva sus propios alimentos, una decisión que no nace del ocio sino de la necesidad y la voluntad.
Las lluvias escasean en esta franja costera, y la tierra exige ingenio. Celiano aplica variantes agrotécnicas para que sus cultivos rindan a pesar del clima adverso.
No se trata de un pasatiempo: es una forma de contrarrestar los precios elevados del agro y, al mismo tiempo, de cuidar su salud con el ejercicio diario.
Desde el autoconsumo hasta su casa, el trayecto se convierte en un ritual de independencia
Su historia no es un caso aislado. En un contexto donde la carestía aprieta y las soluciones colectivas se diluyen, gestos como el suyo —pequeños, constantes, personales— suman una red de resistencia cotidiana.
Porque la resiliencia, como él mismo afirma, no se pierde con los años: se siembra, se riega y se cosecha, aunque la lluvia no llegue.