Autor: Yeilén Delgado Calvo
No por muy conocido, deja de ser un final estremecedor cuando se le lee: «En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, la historia me absolverá».
El alegato de autodefensa de Fidel, en el proceso tras los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, constituye uno de los documentos esenciales de la historia cubana del siglo XX, y posee, además, valores revolucionarios y jurídicos sobre los que mucho se ha escrito.
La trascendencia de La historia me absolverá apenas comenzó a forjarse cuando el joven encausado de 27 años la pronunciara el 16 de octubre de 1953 en una pequeña salita de hospital, rodeado de soldados y sus armas. Los poquísimos reporteros presentes estaban maniatados por la censura de prensa.
Sin embargo, luego, desde la cárcel, salieron los pliegos, escrito con zumo de limón entre las líneas de cartas familiares, en dobles fondos de cajas de fósforos… hasta que el documento fue reconstruido y posteriormente editado e impreso, no sin un constante peligro de muerte.
Esos folletos, distribuidos a lo largo y ancho de la Isla, pasaron de mano en mano casi hasta deshacerse; y contribuyeron de forma determinante a que se conocieran las razones de los asaltantes y también su programa político; así como las capacidades del joven abogado que los lideraba.
Sin embargo, leer hoy La historia… es también una grata experiencia literaria. Justo al inicio de su alegato, refiere Fidel que, si ha debido asumir su propia defensa, se debe a que prácticamente se le privó de ella y también a que solo quien haya sido herido tan hondo y visto tan desamparada la Patria puede hablar «con palabras que sean sangre del corazón y entrañas de la verdad».
No es solo que estén en esas páginas denunciadas todas las irregularidades del proceso seguido contra los moncadistas, expuestas la verdad sobre los fondos y los problemas del pueblo que se proponían solucionar; así como demostrada la ilegitimidad de la dictadura batistiana, y denunciados los bárbaros crímenes perpetrados tras la mañana del 26 de julio. Cada una de las sentencias expresadas, de incuestionable acento martiano, forma parte del patrimonio revolucionario cubano:
«…cuando los hombres llevan en la mente un mismo ideal, nada puede incomunicarlos, ni las paredes de una cárcel, ni la tierra de los cementerios, porque un mismo recuerdo, una misma alma, una misma idea, una misma conciencia y dignidad los alienta a todos». Valga ese ejemplo, e igualmente este otro: «más meritorio todavía será siempre darle a un ideal todo lo que se tiene y, además, la vida».
Tras las palabras está la emoción de quien ha sufrido pérdidas estremecedoras: «El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y de muerte, y unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carnicero. Los muros se salpicaron de sangre; en las paredes quedaron incrustadas con fragmentos de piel, sesos y cabellos humanos, chamusqueados por los disparos a boca de jarro, y el césped se cubrió de oscura y pegajosa sangre».
Y está también la valentía de un hombre que, hay que recordarlo, estaba a merced de los desmanes de la tiranía, preso y casi incomunicado: «Mis compañeros, además, no están ni olvidados ni muertos; viven hoy más que nunca y sus matadores han de ver aterrorizados cómo surge de sus cadáveres heroicos el espectro victorioso de sus ideas».
En las turbulencias del presente, justo en el año de su centenario, Fidel nos habla:
«Nacimos en un país libre que nos legaron nuestros padres, y primero se hundirá la Isla en el mar antes que consintamos en ser esclavos de nadie.
«Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre. ¡Tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo (…) ¡Cuba, que sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!»