La primera vez que lo vi fue en una reunión, nos habían invitado en Matanzas a un encuentro con las autoridades del Partido y el Gobierno junto al Inder y ahí estaba.
Habló como un hombre sabio y cuando emocionado recordó sus 405 jonrones lo observé con mayor atención. Lázaro Junco en 2014 era prácticamente desconocido entre la juventud beisbolera cubana y también entre los entrenadores.
Su recio rostro hacia juego con su gran presencia física y su decoro como hombre. Estábamos en Matanzas en las antiguas reuniones de los corresponsales provinciales de Tele Rebelde y yo apenas iniciaba mis caminos por el mundo del periodismo y más aún del deportivo.
Ese día comprendí que existen historias por contar y seres olvidados que son leyenda. Años más tarde lo volví a ver, vestía otra vez la franela de su Matanzas querida (con el amarillo de Henequeneros en una esquina). Trabajaba como entrenador de los Cocodrilos junto al gran Ferrer.
Me acerqué y le pedí una entrevista, consciente ya de la gran altura deportivo de Junco. Nuevamente se sorprendió de mis preguntas y con cariño respondió los cuestionamientos de una joven que aún aprende sobre béisbol, pero que siempre busca las historias olvidadas como las de Lázaro Junco Neninger.