En el calendario hay días que se celebran. Y hay otros que se sienten. El Día de las Madres pertenece a esos que no necesitan demasiadas explicaciones, porque basta pronunciar la palabra mamá para que cambie el tono, la memoria y hasta el corazón.
Su origen, sin embargo, se remonta a tiempos antiguos. En la Grecia clásica se rendía homenaje a Rea, madre de los dioses del Olimpo. Más tarde, en Roma, las fiestas dedicadas a Cibeles también exaltaban la maternidad como símbolo de vida y protección.
Pero la celebración moderna comenzó a tomar forma siglos después.
En la Inglaterra del siglo XVII surgió el llamado “Mothering Sunday”, una jornada dedicada a honrar a las madres y permitir el regreso al hogar de quienes trabajaban lejos de sus familias.
Ya en el siglo XX, en Estados Unidos, la activista Anna Jarvis impulsó oficialmente esta conmemoración en honor a su madre, y en 1914 el presidente Woodrow Wilson proclamó el segundo domingo de mayo como Día de las Madres.
Desde entonces, la fecha se extendió por el mundo, aunque no en todas partes se celebra igual. En buena parte de América, como Cuba, Estados Unidos, Venezuela y Brasil, se festeja el segundo domingo de mayo.
En España se celebra el primer domingo de mayo. En México y varios países de Centroamérica, cada 10 de mayo. En el Reino Unido mantiene su tradición en marzo, y en naciones como Argentina llega en octubre.
Distintas fechas, una misma esencia. Porque más allá del día marcado en el almanaque, madre es siempre abrigo, desvelo y ternura. Es la primera voz que calma, la mano que sostiene, la fuerza silenciosa que enseña a andar sin pedir nada a cambio.
Celebrar a mamá es agradecer el amor más constante, el más generoso, el que permanece incluso cuando no se ve. Y quizás por eso, en cualquier idioma y en cualquier lugar del mundo, madre sigue siendo la palabra más cercana al amor.