A 106 años de su nacimiento, cuando Cuba celebra a sus madres, recordamos a quien supo guardar secretos en el corazón de una mariposa
Todas las niñas cubanas lo saben. Lo heredaron como un cuento que se vuelve certeza: Celia Sánchez Manduley, la de las flores, guardaba mensajes secretos en las mariposas.
No en las que vuelan—en las que se abren en tallo verde, blancas y frágiles como un papel en blanco. Ahí, en el centro de la Hedychium coronarium, nuestra flor nacional, Celia escondía la palabra exacta que debía llegar.
La que nadie debía leer. La que salvaría vidas.Era patriota, sí. Revolucionaria, guerrillera, jefa, compañera. Pero también era, ante todo, un ser humano de esos que ya no abundan: sencillo como el barro, humilde como el que guarda un fusil y al día siguiente siembra un árbol.
Quien estuvo cerca de Celia lo sabe. Fidel lo supo. Lo supieron los que compartieron el monte, el cansancio. Y lo supieron los más necesitados, esos a quienes ella dedicó su entrega sin límites, con una sensibilidad que dolía porque era verdad.
Murió temprano, como mueren las que aún tenían tanto que dar. Y el pueblo quedó con un vacío en el alma—pero también con una guardia: la de no dejar morir su ejemplo, su fidelidad a Fidel, su manera de entender que la revolución también se hace con ternura.
Este segundo domingo de mayo. Día de las Madres. Y desde Santiago de Cuba, desde cada flor que aún guarda un secreto, evocamos su legado más profundo: el de una mujer que, sin parir, nos parió a todos. El de una madre de tierra, monte y mariposa.
Siempre Celia.Nuestra. Y de las flores.