Ignacio Agramonte, para todos los tiempos

Para el matrimonio del reconocido abogado camagüeyano Ignacio Agramonte Sánchez y María Filomena Loynaz y Caballer, hija de una de las más distinguidas familias de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, no podían ser más venturosas y plenas de esperanzas aquellas navidades de 1841 al nacerle su hijo Ignacio el 23 de diciembre.
Ignacio Agramonte, para todos los tiempos

Para el matrimonio del reconocido abogado camagüeyano Ignacio Agramonte Sánchez y María Filomena Loynaz y Caballer, hija de una de las más distinguidas familias de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, no podían ser más venturosas y plenas de esperanzas aquellas navidades de 1841 al nacerle su hijo Ignacio el 23 de diciembre.

Y ciertamente, el recién nacido justificaría con creces los amores familiares con que le arroparon sus padres, junto a sus otros hermanos, pero no pudieron imaginar que tendría una corta vida que entregaría a la Patria en una epopeya que se vislumbraría muchos años después.

Su vida fue leyenda, aunque parecía destinado a continuar la tradición de abogados ilustres de su padre y tíos, y disfrutar de una acomodada posición en la sociedad colonial de entonces, muy pronto aquel niño demostraría su verdadero destino.

Cuenta una versión muy extendida sobre su niñez que con apenas 10 años visitó el lugar donde en 1851 fueron fusilados en Puerto Príncipe los primeros conspiradores por la independencia Joaquín de Agüero, José Tomas Betancourt, Fernando de Zayas y Miguel Benavides y que conservó un pañuelo que empapó en la sangre de esos mártires.

Aunque lo que está fehacientemente demostrado es que el futuro Mayor al finalizar su carrera como abogado en la Universidad de La Habana en 1867, puso en serio peligro la defensa de su tesis, porque denunció los males del régimen colonial y el derecho de los cubanos a un gobierno propio, ante lo cual una de las autoridades del centro dijo que de conocer su contenido con anterioridad no hubiera permitido la disertación.

Agramonte desde muy joven dominó la esgrima, las armas de fuego y la equitación y en más de una ocasión retó a duelo a españoles y oficiales colonialistas por defender lo que consideró ultraje a una cubana y otros motivos que obedecían a sus impulsos patrióticos.

Con su título y extraordinario talento e ingenio pudo disfrutar de una acomodada posición en la sociedad colonial de entonces, junto al amor de su vida, Amalia Simoni, joven camagüeyana, hija de una de las más distinguidas y ricas familias de Puerto Príncipe con la que se comprometió.

Contrajeron matrimonio en la mañana del primero de agosto de 1868 en la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, pero pocos meses después de disfrutar de tanta dicha, ante el reclamo de la Patria, Ignacio se involucró en la conspiración iniciada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868, y el día 11 de noviembre de ese año, vistiendo una camisa roja de finas rayas negras que le preparó su amada, se fue a la manigua el joven abogado.

No tuvo Amalia ningún gesto de desesperanza y desde el campo insurrecto su esposo le recordó: “En una de tus cartas leo estas palabras: tu deber antes que mi felicidad es mi gusto, Ignacio mío”. Se unieron nuevamente en la manigua, donde nació su hijo.

Posteriomente, ella fue sorprendida por los españoles en su rancho al que nombraron El Idilio y la hicieron prisionera. Salió al exilio llevando en su vientre a su hija que nombró Herminia y nunca conocería su progenitor.

Ignacio Agramonte levantó una formidable fuerza con la caballería de Camagüey y contingentes de Las Villas; en tres años y medio participó en más de cien combates y organizó un sistema de aprovisionamientos, talleres de talabartería y de reparación de armas, y llevó el arte militar cubano a lugares cimeros con las cargas al machete combinadas con las sorpresas del fuego de la infantería.

Hubo contradicciones entre El Mayor y el presidente Carlos Manuel de Céspedes por las conocidas desavenencias en las formas de dirigir la Revolución, sin embargo eso no quebró la unidad de las filas independentistas, ni evidenció ninguna ambición de poder. Y para no dejar duda le sale al paso a los comentarios y ordena tajante a sus subordinados: “¡Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la República!”.

La madrugada del 11 de mayo de 1873 sorprendió al Mayor General Ignacio Agramonte preparando su próxima batalla en el Potrero de Jimaguayú, a 32 kilómetros al suroeste de la ciudad de Puerto Príncipe (Camagüey).

Su plan se basaba en una emboscada contra una fuerza superior española utilizando el conocimiento del terreno que tenían los cubanos.

La tropa enemiga se mostró cauta y no se adentró en la emboscada. Según las versiones de la época, Agramonte se percató de eso y para reorganizar sus fuerzas se separó de la caballería y partió con su escolta, pero al cruzar el susodicho terreno se puso a tiro de un grupo enemigo de avanzada que se había ocultado e hirió mortalmente al Mayor de un balazo en la sien derecha.

Los peninsulares se llevaron el cadáver del prócer mambí, lo exhibieron como un trofeo de guerra en una plaza de la urbe y quemaron sus restos para evitar que su tumba se convirtiera en lugar de culto de los cubanos.

Tenía entonces solo 31 años y a golpe de valor, audacia y gran talento como estratega y organizador militar se erigió como uno de los jefes principales de la Guerra de los Diez Años y ganó un lugar dentro de la inmortalidad en la historia patria.

José Martí en su artículo “Céspedes y Agramonte” dijo: “De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud. El uno es como el volcán, que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra; y el otro es como el espacio azul que lo corona. De Céspedes el arrebato, y de Agramonte la purificación. El uno desafía con autoridad como de rey; y con fuerza como de la luz, el otro vence. Vendrá la historia, con sus pasiones y justicias; y cuando los haya mordido y recortado a su sabor, aún quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para la epopeya”.

Al cumplirse los 180 años del nacimiento de Ignacio Agramonte, el “diamante con alma de beso”, como también lo calificara el Apóstol, su ejemplo de patriotismo y de sacrificio ante la causa de la Patria, de pureza de ideales y de intransigencia, forma parte inherente de los más sagrados legados de patriotismo que los padres fundadores de nuestra patria dejaron para todos los tiempos. (Jorge Wejebe Cobo)

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