Yateras, el único municipio de Cuba libre de la COVID-19

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Yateras, Guantánamo, 23 ene.— Si no fuera porque ha penetrado en lo abrupto de geografías vecinas o colindantes, como las de El Salvador, Manuel Tames, Baracoa y San Antonio de Sur, hasta podría pensarse que el lomerío espanta al SARS-COV-2. Es que los valles fértiles y profundos, tanto como las cordilleras de más de 500 metros sobre el nivel del mar, que envuelven a este, el único municipio cubano libre de la COVID-19, hasta ahora han sido infranqueables para el contagioso patógeno.

De nada le ha servido aquí al «bicharraco» su naturaleza invisible. Ese «truquito» no funciona frente a los yateranos que, ni le dan cabida ni dejan de producir, aunque viven en la provincia, donde es más agudo el rebrote en Cuba de la peligrosa pandemia, que mantiene en vilo al planeta.

Uno se pregunta cómo, por qué, ¿cuál es la fórmula para mantener al virus en jaque, y en alto la producción? Con esas interrogantes acudió Granma a Yateras.

LOMA ARRIBA

Ya con un lugareño a bordo, las primeras respuestas asoman en Felicidad de Yateras. El hombre lleva nasobuco; sus manos enguantadas despiertan curiosidad en el visitante; la pregunta no se hace esperar: ¿te protegen bien del frío esos guantes?

–Del frío no, estoy acostumbrado a él, vivo aquí– responde Luis Manuel del Río–. Me protegen del «bicho».

–¿Te exigen el uso de guantes?

–No. Me lo exijo yo, con este peligro cualquier protección es poca– dice el joven bodeguero de La Clarita–. «No basta con desinfectarme las manos; yo manipulo productos de la canasta básica normada, anoto en libretas que vienen y van entre la casa y la tienda; que me digan exagerado, pero no seré portador, emisor ni receptor del contagio».

Frente a este enemigo mortal, Cuba precisa de manos así: celosas, comedidas, sensibles en las pesquisas, resueltas en la exigencia; manos revestidas de responsabilidad que, como las de Yateras, eslabonan bienestar, no contagios.

Las imágenes pasan como en secuencias fílmicas abreviadas ante el viajero, mientras el vehículo atraviesa el Alto de La Clarita rumbo a Palenque. Presurosas como sus sembradores, desfilan las hileras de yuca, calabaza, boniato, los canteros de col, pepinos, tomates… la meseta de suelo ferralítico rojo con estampa de organopónico empieza a quedar atrás.

Yuntas de bueyes cargadas de café aparecen a intervalos en el trayecto. Adentro, morral en manos, enfundados en sobreros y nasobucos, los recogedores del grano parecen duendes en plena faena. Un carretón repleto de «guineos» (plátano fruta) ratifica más adelante la sensación de vitalidad productiva, en un municipio puntal en el suministro de productos del agro a la ciudad de Guantánamo, en medio de la pandemia.

INDICIOS, FOCOS, PROPAGADORES

La mañana de Palenque guarda el frescor del amanecer, aunque el sol ha ganado altura. Hay productos frescos en la placita, y en los costados una cola de mujeres y otra de hombres, todos con mascarillas. ¡Si alguien tuviera el don de propagarlas así, espaciadas, organizadas, de cuántas cifras carecería la pandemia en la Isla!

«Presten atención, por favor», solicita una voz frente a otro auditorio cercano. Es la audiencia pública sanitaria que –dicen aquí– se repite a diario, mañana y de tarde, junto a la terminal. Los pasajeros rodean a la sicóloga Yaniuska Paz y a los doctores Raudel Venega y Diosbelis Fuentes.

Habla ella del peligro que encierra convertir el paso podálico o la desinfección de las manos en actos formales, de cómo desinfectar superficies y pasamanos, de los riesgos de la efusividad y el tumulto en tiempos de la COVID-19, y de lo imprescindible del nasobuco.

Diserta sobre los síntomas que delatan al virus, explica la importancia de autoaislarse y avisar con urgencia, si aparecen indicios; recalca lo necesario del autoaislamiento cuando haga falta, convoca a ser responsables, a chequear la conducta de los viajeros: «se trata de proteger la familia, la vida, de cuidar y cuidarnos todos».

La sicóloga escucha, esclarece, pide que cada quien replique el debate en su barrio; agradece, le aplauden. Entonces Raudel y Diosbelis distribuyen volantes con el resumen impreso de lo que dijo su compañera. Una camioneta sale para Bernardo, otra para Felicidad, el auditorio se esparce, algunos viajeros llevan decenas de volantes en su poder, el antipandémico foco llegará hasta impensados sitios.

«Yo vivo en San Rafael, Madre Vieja», anuncia Inelvis Ramírez Isaac, de unos 55 años. Sostiene el «botín» que la audiencia sanitaria le deparó; «la mitad de estas papeletas se las llevo al presidente del cdr y a la de la fmc, en mi casa se quedan tres, el resto las reparto entre los vecinos. Las leen y por la noche echamo’ la conversá’».

Ángel Simón Martínez, otro «propagador», vive en Arroyo del Medio y actúa como mensajero de apoyo a los vulnerables. «Estos volantes los distribuyo entre mi barrio y el asentamiento de Raisú, donde la señal de televisión es débil y hacen más falta».

Desde enero del año pasado nadie entra a una comunidad de Yateras sin que el barrio lo sepa, asegura Yamila Perera, jefa de Higiene y Epidemiología en el municipio. «Un visitante nos tildó de extremistas, pues aquí las casas son pocas y están dispersas; sin embargo, a él, sin nasobuco, no lo dejan andar, algo que, en su opinión, no hace falta. Tal vez somos extremistas, pero no tenemos COVID».

Viajeros internacionales hemos tenido, incluidos nueve de EE. UU. y diez procedentes de Haití, refiere Faustino Harriete González, director municipal de Salud en Yateras. «Pero ha funcionado el control sobre los visitantes y los choferes que han ido a buscarlos; así de sencillo. Hasta el final de la cuarentena no se les permite abrir los bultos que traen; un contagiado puede llegar, de hecho, no estamos libres de sospechosos, pero el coronavirus aquí no tiene quien lo esparza». ()

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