El encanto del bolero, un regalo de nuestra ciudad a nuestro acervo cultural

El encanto del bolero, un regalo de nuestra ciudad a nuestro acervo cultural

Santiago de Cuba, 24 dic.— Cuando se hable de boleros en Cuba, irremediablemente, hay que remitirse a esta ciudad suroriental que es la primigenia con la página de Pepe Sánchez, “Tristezas”, la inicial del género romántico, surgida a finales del siglo XIX.

Actualmente en los aires citadinos se escuchan joyas de este género y muchos sitios que les hacen reverencia: en el patio de la UNEAC, en ARTEX, la casa de la Trova, la casa de las tradiciones en el Tivolí en las calles con los piquetes de músicos que amenizan en esta etapa a las principales arterias de la urbe. La pista Pacho Alonso o el anfiteatro Mariana Grajales.

Hay que volver los ojos agradecidos a Santiago de Cuba, bolerista por excelencia y que le ha dado al orbe artistas de renombres, cultores de páginas de oro, dígase Enrique Bonne, Fernando Álvarez, Pacho Alonso, Santy Garay, La Lupe, y la pléyade de trovadores que cantaron al amor, háblese del mismo Pepe Sánchez, los Matamoros y Sindo Garay, quienes incursionaron por este camino del arte.

Las investigaciones indican para aquella época, dos siglos atrás, la isla de Cuba tenía lazos muy fuertes con España, así como su influencia musical. Aquel bolero español consistía en música con acompañamiento de castañuelas, tamboril y guitarra; era muy atrayente la versión hispana de movimiento danzante y ligero. Y que, también, su nombre podría tener sus orígenes en la expresión Voleo (volar) y que los bailes españoles muestran este voleo. De las cajas de madera, como percusión y el uso de la guitarra llegó el bolero al Caribe, concretamente a Cuba, donde se le dio ese compás cadencioso y mágico con sus bongós, tumbadoras y guitarras.

Y entre historia e historias, se sabe que un sastre santiaguero, del barrio de los Hoyos, el mulato Pepe Sánchez, por el año 1883, se inspiró en una página inmortal, dándole el sello cubano al primer bolero en el Caribe. Fue el paso inicial del género en Latinoamérica y en el mundo.

Otros incursionan en diversos relatos y declaran que los mexicanos continuaron cultivando el género al igual que en Cuba y que al paso de los años, la tierra azteca lo adoptó.

Se reconoce que aunque no haya tenido la jerarquía del origen, México tiene una gran importancia para el desarrollo de esta música. Tanto, que muchos dicen que el bolero nació en el país de las rancheras.

“Tristezas” nació de la trova santiaguera, las letras del primer bolero, brotaron: “Tristezas me dan tus quejas mujer, profundo dolor que dudes de mí ; no hay prueba de amor que deje entrever, cuanto sufro y padezco por ti. La vida es adversa conmigo, no deja ensanchar mi pasión, un beso me diste un día, lo guardo en mi corazón’”.

En 1919, se extendió el género y apareció el primer ejemplar mexicano con la autoría de Armando Villarreal, ejecutante de violín, bajo el título “Morenita mía”. He aquí un fragmento: “Conocí a una linda morenita y la quise mucho. Por las tardes iba a enamorarla y cariñoso a verla. Al contemplar sus ojos mi pasión crecía; ¡Hay Morena!! Morenita mía no te olvidaré…!

La radiodifusión por aquel entonces fue decisiva para la esparcimiento en el orbe. El siglo XX brilló con letras que aun hoy se interpretan; en los años 50, Lucho Gatica irrumpió como un himno; al igual que Olga Guillot, Vicentico Valdés, Daniel Santos, el trio Los Panchos, Agustín Lara, Cesar Portillo de la luz, en fin, voces que lo acrecentaron.

Según el musicólogo Helio Orovio, el bolero constituye la primera gran síntesis vocal de la música del país, que al traspasar fronteras registra permanencia universal; constituye la fusión de factores hispanos y afrocubanos, presentes en la línea acompañante de la guitarra y la melodía. Evolucionó con diversas variantes como el bolero-moruno, bolero-mambo y bolero-beguine, que dieron éxito a sus cultores.

Aunque esté muy vinculado desde siempre a bares, barras, victrolas, besos, pasiones, y males de amores, también es un género para disfrutar en grandes escenarios, por lo que en Cuba se creó el Festival internacional Boleros de Oro, cita relevante que reúne a compositores, intérpretes, investigadores y todos los amantes del género.

Organizado por la Asociación de Músicos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba con el coauspicio del Ministerio de Cultura, el Instituto Cubano de la Música y el Instituto Cubano de Radio y Televisión; el evento se celebra en La Habana desde hace 31 años; en Santiago de Cuba tuvo su subsede por una larga temporada pero actualmente se festeja otro certamen durante el mes de junio titulado “Boleros en Santiago”.

Por supuesto, en la tierra de trovadores no podía faltar la pasión de los arpegios y el bolero es obra de amor. Las huellas se divisan en cada sitio de la ciudad protagonista de páginas duraderas que entran sin lugar a dudas en la tradición de los boleros de Oro. Nuestro Enrique Bonne, dice de los andares, cuando recalca “dame la mano y caminemos”, o “suenan las campanas de la iglesia…”.

Y en este comentario no podía faltar un artista que nunca se alejó de la ciudad y que su voz se escuchaba por toda el área caribeña; se trata de Santi Garay, quien falleciera en diciembre del 2008, el santiaguero creó su sonora para el disfrute de sus seguidores; privilegio de recuerdos, en el rincón del Bolero de Oro en la sede de la UNEAC; aquí se hurga sobre Santiago de Cuba y sus boleristas que retornan al universo noticioso cada vez que en cualquier parte del mundo se toque al género romántico musical.

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