En Santiago de Cuba, donde los héroes no solo viven en bronce o en páginas de historia. Viven en la memoria sudorosa de un estadio, en la línea de cal de una cancha, en el eco de un grito que celebra un jonrón imposible. Viven, sobre todo, en la enseñanza.
Recientemente, la DraC. Rosa Cabrera Acosta fue honrada con el Premio Nacional “Raúl Ruiz Aguilera In Memoriam” de la Asociación de Pedagogos de Cuba.

Un reconocimiento que trasciende lo académico para celebrar a quien, desde la pedagogía, siembra en las nuevas generaciones el respeto por el esfuerzo, la disciplina y la gloria que no se oxida.
Esa es la esencia: el mérito no está solo en ganar, sino en transmitir.Y Santiago es tierra fértil para esas lecciones. Basta recorrer su geografía emocional para encontrar a sus hijos ilustres, atletas cuyo legado es patrimonio de la nación.
Clara Hechavarría Hardy es sinónimo de versatilidad y corazón. Dominó el baloncesto, el voleibol sentado, el atletismo y el tenis de mesa, pero fue en la pista donde su temple brilló con bronce en los 800 metros de los VIII Juegos Panamericanos de Puerto Rico 1986. Una carrera que carrera que sigue corriendo en la memoria.

La precisión y la resistencia tenían nombre propio en Euclides Calzado López, quien en la marcha atlética de 20 km dejó una huella imborrable en los Juegos Panamericanos de México 1968. Casa zancada, un compás de voluntad.

El judo cubano encontró en Diadenis Luna Castellanos un ejemplo supremo de carácter. En los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, compitiendo lesionada en la categoría de -72 kg, luchó con tal arrojo que conquistó el bronce. No fue solo una medalla; fue una lección de entereza.

El boxeo, religión nacional, tiene en Mariano Álvarez Medina a uno de sus pioneros mundiales. Su bronce en los 57 kg del Primer Campeonato Mundial de Boxeo Aficionado, celebrado en Cuba en 1974, colocó a Santiago en el mapa del boxeo global con puño firme.

Y luego está el diamante, el terreno sagrado del béisbol. Aquí emergen gigantes. Braudilio Vinent, “El Meteoro de La Maya”, un lanzador cuyo brazo y coraje le dieron el mejor promedio internacional de su tiempo, sembrando el terror en los bateadores rivales.

Luis Tissert Méndez, otro artífice del montículo, fue pieza clave en el oro de la 28 Serie Nacional de Béisbol. Con 95 juegos ganados, 140 relevados y una PCL de 3.14, su labor fue sinónimo de consistencia y calidad bajo presión.

Y no se puede hablar de leyendas santiagueras sin mencionar a Modesto “El Tupa” Larduet Despaigne, receptor de armadura y corazón, integrante emblemático de la legendaria “Primera Aplanadora”.

Su defensa y liderazgo detrás del plato fueron la columna vertebral de un equipo histórico.
Estos nombres no son solo recuerdos. Son raíces.
Son la prueba de que en esta tierra bravía y musical, el deporte es otra forma de poesía, un lenguaje de sacrificio y triunfo que la Dra. Rosa Cabrera, con su premio nacional, ayuda a traducir para los que vienen.

Porque en Santiago, la gloria no se archiva. Se siembra. Y hoy, sigue dando frutos.

