La aspiración estéril del imperio norteamericano de apropiación de las riquezas de los pueblos de este continente, declarado en aquel viejo enunciado, en 1823, de “América para los americanos”, se hace, cada vez, más presente en cuantas acciones tienen lugar a instancia de este siglo.
A 201 años de la Doctrina Monroe, marcada por sus intenciones claramente visibles de extender su poder a toda el área, se tejen todo tipo de artimañas para lograr su nefasto empeño, ignorando la identidad de los pueblos, su cultura, su derecho a decidir la vida y la realización de sus sueños.
Cuba ha tenido que procurar su desarrollo por más de 65 años con una espada de Damocles: el bloqueo económico, comercial y financiero, hoy recrudecido y acompañado por una guerra mediática que pretende desarticular la obra construida por todos.
Por eso nada sorprende de lo sucedido contra Venezuela, porque esa guerra mediática, que hace uso de las avanzadas tecnologías, no se queda en simples palabras, sino que empoderadas de odio manipulan las neuronas con noticias falsas para confundir, alentar el vandalismo y abrazar la muerte a cambio de sus propósitos.
¡¿Cómo creer en un régimen que apoya la masacre a los palestinos?! No existe razonamiento posible que lleve a aprobar el genocidio, destinado a acabar la vida de las personas con armas de fuego o por hambre, pleno de las conocidas ambiciones hegemónicas.
Cuba es víctima de esa política que ha generado estragos severos en la alimentación y en otras muchas esferas necesarias para la vida; y ahí están los cubanos y cubanas con muchos problemas, pero erguidos y firmes, sin parar en razón de un ordenamiento superior del país y convencidos de que más temprano que tarde se logrará salir adelante.
También, ante los ojos del mundo está el proceso que se ha librado en Venezuela, porque al imperio y sus séquitos no les convino la decisión de la mayoría por la continuación de la Revolución de Chávez y el aliento de Bolívar. Ahora ya se recupera la tranquilidad y el país reafirma su soberanía.
A la humanidad corresponde decir basta y echar a andar, no desde la aprobación contemplativa, sino desde la unidad de todas las fuerzas nobles y justas del planeta, que con el poder de la verdad, la justicia y el amor conducirán a ese duende maléfico, llamado imperio, al basurero de la historia.