Aquel 9 de septiembre de 2002, en el aula donde se gestaba el Curso de Formación Emergente de Profesores, Fidel Castro no dictaba una clase: sembraba una advertencia.
Con la mirada puesta en los educadores del mañana, dejó una frase que aún pesa como un mandato ético: «Que cada nueva generación esté más preparada para los grandes desafíos del futuro que esperan a nuestra Patria y a toda la humanidad, es el más profundo anhelo de todos los revolucionarios cubanos».
No era un deseo vano, sino una certeza tallada en la urgencia. Al hermanar el destino de la Isla con el de toda la especie, el líder recordaba que educar es el acto más revolucionario: forjar mentes críticas para sostener el peso de un mundo incierto.
Aquel discurso, sensible y firme, no pedía repetidores de consignas, sino creadores de caminos. Porque la mejor herencia, insistió, no está en los monumentos, sino en la claridad y la preparación de quienes levantarán las banderas del mañana.
Porque educar, en su mirada, era el acto más profundo de amor revolucionario: plantar hoy la semilla de la razón para cosechar mañana la fortaleza de una nación y de todo el género humano.