El pregón se escucha todos los días y en distintos momentos: «Carbón, carbonero; a cuatrocientos cincuenta mi carbón, carbonero…» y algunos vendedores añaden: «Y de la mejor calidad, del que no se apaga…». Son distintas maneras de animar a los vecinos a comprar un combustible que, para muchas familias, se ha vuelto indispensable.
Hablar de este asunto en este instante resulta delicado por su impacto directo en la vida cotidiana de los santiagueros y, probablemente, de buena parte de los cubanos.
Para muchas personas, el carbón y la leña son hoy imprescindibles no solo para cocinar, sino también para hervir el agua y realizar otras tareas domésticas e incluso determinadas actividades productivas, por lo que prescindir de ellos, sin contar con alternativas, significaría renunciar a necesidades esenciales.
El inhumano bloqueo energético por parte del gobierno de los Estados Unidos, ha incrementado las dificultades para garantizar el suministro de combustibles y como consecuencia la generación y distribución de electricidad, así como la disponibilidad de gas licuado y otros derivados del petróleo que inciden directamente en el bienestar de las familias.
Pero volvamos al carbón vegetal y la leña. Sin entrar en cifras, la realidad indica que cada día se talan y queman grandes cantidades de madera; en muchos lugares, esta actividad se realiza de manera desordenada, sin una política efectiva de reposición de las áreas boscosas ni del control suficiente sobre las especies que se cortan.
Cuba dispone de madera adecuada para producir leña y carbón: el marabú, por ejemplo, que incluso ha sido exportado a otros países. Sin embargo, muchas de esas plantaciones se encuentran alejadas de los centros urbanos y su aprovechamiento se dificulta por la falta de combustible para la transportación de los trabajadores y la producción, realidad que incide en la determinación de leñadores y carboneros que recurren a cualquier árbol disponible en los alrededores de las zonas pobladas.
Al impacto ambiental que ello genera, se suma la preocupación por la calidad del producto y su elevado precio. En Santiago de Cuba, una lata de carbón puede superar los 450 pesos, una cifra considerable para los hogares que dependen de este combustible y de bajos ingresos económicos.
La solución del dilema no está en pedirle a la población que deje de utilizar carbón o leña, porque para muchas familias, sencillamente, no existen otras opciones.
Sin embargo, mientras el país no logre estabilizar el suministro de electricidad, gas y otros combustibles, será necesario buscar alternativas para organizar y controlar la tala, aprovechar de forma racional las plantaciones destinadas a este fin y garantizar la reposición forestal, para que la urgencia económica no nos haga perder de vista el futuro.
La experiencia de numerosos países demuestra que la tala indiscriminada puede provocar daños, incluso irreversibles, señal de que, garantizar el combustible de hoy no debería significar comprometer los bosques y el desarrollo de la nación.