Hay una pregunta que me ronda desde hace tiempo: ¿de qué hablamos los cubanos cuando nos encontramos?
Hace años las conversaciones comenzaban con un «¿cómo estás?» y terminaban hablando de la familia, del béisbol, de la universidad, del trabajo o de los planes para el fin de semana. Hoy, casi sin darnos cuenta, la realidad se ha convertido en el tema principal de nuestras conversaciones.
Dicen que las conversaciones revelan el alma de un pueblo. Si eso es cierto, basta con escuchar cualquier esquina, cualquier portal, cualquier cola, cualquier llamada de unos pocos minutos para descubrir de qué hablamos los cubanos.
Hablamos de si llegó la corriente. De cuánto tiempo durará. De si esas dos horas alcanzarán para cocinar, poner a lavar la ropa, cargar los teléfonos, bombear agua y enfriar un poco la casa antes de que todo vuelva a apagarse.
Hablamos de qué se cocinará hoy. Y, muchas veces, no es una conversación sobre recetas, sino sobre cómo improvisar una comida con lo poco que hay o cómo encender la leña cuando la electricidad no alcanza para preparar los alimentos.
Hablamos del agua como quien espera una visita que nunca sabe cuándo llegará. «¿Te entró el agua?», preguntamos. Y esa simple pregunta dice mucho más de lo que parecen decir sus palabras.
Hablamos de la carne que se echó a perder en el refrigerador después de tantas horas sin electricidad. Del hielo que ya no fue hielo. De la leche que hubo que botar con el dolor de saber lo difícil que fue conseguirla.
Hablamos del vecino que tiene un panel solar y, sin preguntar demasiado, te dice: «Ven, carga el teléfono aquí». De quien presta una batería, un fogón, una linterna o un poco de agua.
Hablamos de los que se fueron y de los que piensan irse. De la llamada que trae tranquilidad, del mensaje que dice «llegué bien», de la videollamada que intenta acortar los kilómetros.
Hablamos de nuestras madres, que siempre encuentran la manera de resolver. De los abuelos, que guardan la memoria de un país. De los niños, que siguen jugando como si la esperanza fuera un derecho que nadie pudiera quitarles.
También hablamos de sueños. Porque, aunque a veces parezcan demasiado grandes para los tiempos que vivimos, siguen ahí. Cambian de forma, se vuelven más discretos, más silenciosos, pero no desaparecen.
Y entre una conversación y otra, aprendimos a hablar con la mirada. Hay silencios que dicen más que cualquier discurso; silencios que todos entienden sin necesidad de explicarlos.
En medio de las dificultades, la solidaridad sigue siendo uno de los pocos recursos que nunca escasean.
Hablamos del transporte que no aparece, de los medicamentos que alguien vio en una farmacia, de dónde apareció un poco de pan, de quién conoce a alguien que puede ayudar. Nuestras conversaciones se han llenado de verbos como resolver, esperar, buscar e inventar.
Y, sin proponérnoslo, hemos aprendido un nuevo lenguaje. Un lenguaje donde un «¿hay corriente?» sustituye al saludo; donde un «avísame si entra el agua» es una muestra de cariño; donde compartir un enchufe puede ser un acto de generosidad y donde un mensaje diciendo «ya llegó la luz» se convierte, por unas horas, en una buena noticia.
No escribo estas líneas para contar una historia extraordinaria. Al contrario. Las escribo porque esta se ha vuelto una historia demasiado cotidiana.
Quizás algún día volvamos a encontrarnos para hablar del libro que estamos leyendo, del viaje que queremos hacer, de los proyectos que nos ilusionan o simplemente del atardecer sobre Santiago. Ojalá nuestras conversaciones vuelvan a estar llenas de futuros y no solo de urgencias.
Al final, de eso también hablamos los cubanos: de la esperanza. Esa que a veces se esconde, se cansa o titubea, pero que siempre encuentra alguna manera de volver a la conversación.
Porque un país también puede conocerse por aquello de lo que habla su gente. Y cuando casi todas las conversaciones giran alrededor de cómo llegar al final del día, no solo está hablando un pueblo: está hablando su realidad.