Con información de la Casa Dranguet.
Esta mañana, el Museo de la Música «Pablo Hernández Balaguer» en la ciudad de Santiago de Cuba amaneció con otra respiración.
No era un día cualquiera: adentro, la memoria de Enrique Bonne Castillo cumplía cien años y alguien tuvo la ocurrencia de celebrarlo como se merece, sin aspavientos, pero con la solemnidad de quien sabe que está ante un gigante.
Bajo el título “No quiero piedras en mi camino”, un puñado de especialistas y amigos se sentó a conversar sobre el hombre que inventó el ritmo pilón.
Rodolfo Vaillant García, compositor y cómplice de tantas madrugadas, soltó anécdotas inéditas que hicieron reír y apretar la garganta.
Joaquín Solorzano, director actual de Los Tambores de Enrique Bonne, explicó por qué esa percusión sigue siendo un prodigio de vigencia. La investigadora Irene Cruz Guibert lo situó donde debe estar: en el centro mismo de los carnavales santiagueros. Y Daina Dominico González aportó la mirada científica, desgranando partituras y discos como quien abre un cofre.
Pero el homenaje —organizado por el Museo, la Dirección Provincial de Patrimonio y la empresa Miguel Matamoros— no fue solo palabra. En un rincón, la familia del maestro había prestado objetos personales: una exposición breve, íntima, que dejaba ver al Bonne de cada día, sin partitura ni batuta.
Luego, cuando la tarde ya pedía música, Los Tambores soltaron la descarga. Y Santiago tembló otra vez.
Porque a cien años de su nacimiento, el ritmo de Enrique Bonne no pide permiso: se instala, baila y se queda. Como siempre.