Hace 63 años, un barco partió desde La Habana con destino a Argelia. A bordo no llevaba armas ni soldados: llevaba el primer contingente de médicos cubanos dispuestos a sembrar salud donde otros solo veían olvido.
Ese viaje inaugural abrió la puerta a una de las empresas solidarias más profundas que haya emprendido nación alguna.
Hoy, a pesar de las campañas que intentan desdibujar esa verdad, el pulso de aquella gesta no se ha detenido.
En cada rincón del mundo donde late la vulnerabilidad, un médico cubano sigue escribiendo la misma historia: la de entregar saber sin pedir nada a cambio, la de curar sin preguntar.