Por Claudia Suárez Tejeda
La escena cultural santiaguera volvió a sacudirse —y no precisamente por rutina— este 28 de marzo, cuando la UNEAC acogió una ceremonia que, más que protocolar, tuvo algo de ajuste de cuentas con la memoria: la entrega de la “Llave de la Ciudad” a José Emigdio Pascual Varona.
Porque sí, Santiago de Cuba no entrega llaves todos los días. Y cuando lo hace, no debería ser un gesto vacío. Esta vez —para sorpresa de algunos escépticos y alivio de otros— el reconocimiento parece haber encontrado a alguien que no necesita que le abran puertas: lleva décadas construyéndolas.
La distinción, instituida en 2015 por la Asamblea Municipal, suele venir envuelta en solemnidad y discursos previsibles. Pero lo ocurrido en la sede de la UNEAC, como parte de las jornadas del Festival Félix B. Caignet in memoriam, tuvo un tono distinto: menos ceremonia fría y más justicia tardía.
Hablar de Pascual Varona no es repasar un currículum; es atravesar una zona incómoda del teatro cubano donde la creación no siempre fue complaciente. Primer egresado de la ENA recibido por la ciudad, fundador, agitador cultural, voz persistente en espacios como tertulias, peñas y escenarios alternativos, su carrera ha sido cualquier cosa menos silenciosa. Y, sin embargo, durante años su nombre pareció moverse en ese limbo donde habitan los imprescindibles que no siempre son oficialmente celebrados.
Director en el Balcón de Velázquez en los años 80, pieza clave en el nacimiento del movimiento impulsado por el Fondo Cubano de Bienes Culturales, actor capaz de desdoblarse hasta el vértigo en obras como Memorias o Hamlet terreno para un actor… lo suyo nunca fue el camino fácil. Tampoco el cómodo.
Pero no nos engañemos. La verdadera noticia no es solo que se otorgó la Llave de la Ciudad. Es que, por una vez, el reconocimiento no suena a compromiso, ni a cuota, ni a formalidad institucional. Suena a coherencia.
Pascual Varona no es una figura cómoda. Nunca lo fue. Y quizás por eso mismo, verle ahora condecorado genera una mezcla de satisfacción y sospecha. Satisfacción, porque lo merece. Sospecha, porque en el ecosistema cultural cubano, los homenajes tardíos a veces dicen más del presente que del homenajeado.
Aun así, hay algo que no admite discusión: si Santiago de Cuba tiene una llave simbólica, pocas manos han demostrado durante tanto tiempo que saben exactamente qué hacer con ella.