Por Karla Creach Bravo/Estudiante de Periodismo
El patriotismo, entendido como el amor y la lealtad hacia la patria, ha sido un tema de debate y reflexión a lo largo de la historia.
En su esencia, es un vínculo que une a los ciudadanos con su historia, cultura y valores compartidos. En tiempos de crisis, conflictos o cambios sociales, este sentimiento se agudiza, revelando su dualidad, este puede ser una fuerza unificadora, pero a su vez también puede derivar en nacionalismos extremos que dividen y excluyen.
Este sentido de pertenencia puede inspirar a las personas a contribuir al bienestar de su comunidad y a trabajar por un futuro mejor. Sin embargo, es crucial que este amor por la patria no se convierta en un instrumento de intolerancia.
La historia nos ha enseñado que el patriotismo puede ser manipulado para justificar actos de agresión o discriminación. En un mundo cada vez más globalizado, el patriotismo debe ser una celebración de la diversidad y una invitación al diálogo.
Es fundamental reconocer que cada nación tiene algo valioso que aportar al conjunto de la humanidad. Fomentar un patriotismo inclusivo implica educar sobre la historia y las tradiciones de cada país, pero también sobre los valores universales que nos conectan como seres humanos. La solidaridad, la justicia y el respeto por los derechos humanos deben ser pilares fundamentales en la construcción de una identidad nacional que no excluya, sino que abrace.
Celebrar nuestra identidad nacional no debe significar cerrar las puertas al mundo, sino más bien abrir un espacio para la colaboración y el entendimiento mutuo. El verdadero patriotismo es aquel que construye puentes, no muros.