martes 10 febrero 2026

Trabajo y superación personal en la historia de Doriel Calderón Paz

Con la colaboración de Yordanka Ferrer Limonta

Para Doriel Calderón Paz, el olor a melaza y el hollín suspendido en el aire, fundidos con el intenso verdor de los cañaverales, forman parte de las estampas más entrañables de su niñez, sin embargo, a sus 49 años, sostiene que su vida ha estado marcada por el trabajo artesanal y la pérdida progresiva de la visión.

Nació con glaucoma congénito, pero nunca permitió que esa condición definiera los límites de su existencia.

Residente en el poblado Rafael Reyes, a unos tres kilómetros de la ciudad de San Luis, Doriel Calderón Paz transitó por distintos oficios hasta encontrar en la artesanía una forma de realización personal y sustento. “Siempre me gustaron las letras, pero por mi discapacidad visual tuve que buscar algo más práctico, y la artesanía no solo me permitió mejorar económicamente, también me enseñó mucho sobre la vida”, explica.

Al inicio, admite, el trabajo artesanal parecía monótono: horas de dedicación, esfuerzo y paciencia, sin embargo, con el tiempo descubrió en él una fuente de estimulación personal y equilibrio emocional. “Es muy bueno para la salud mental y para la vida”, afirma.

La pérdida casi total de la visión llegó a los 47 años, en plena madurez. Fue entonces cuando Doriel tuvo que transformar por completo su manera de vivir: “Pasé de guiarme por la vista a depender casi totalmente del oído, cambio que al principio me produjo ansiedad y tristeza”, recuerda.

A pesar de las limitaciones, Doriel continúa siendo un referente para su familia; su hijo siguió el camino de la artesanía y, según él, lo superó: “Siguió mi legado, a veces lo observo y le doy indicaciones, y todavía me sorprendo de cómo puedo hacerlo sin ver”, dice con una mezcla de orgullo y asombro.

La adaptación a la vida cotidiana no fue sencilla. Tras una cirugía que solo logró detener el avance del glaucoma, Doriel se encontró solo en casa y alejado del trabajo; aprendió a valerse por sí mismo, desde cocinar hasta desplazarse por la ciudad, y asegura que “Había personas dispuestas a ayudarme, pero entendí que depender siempre de los demás te limita”.

Hoy Doriel viaja con frecuencia desde la zona rural donde vive hasta Santiago de Cuba, y tiene la sensación de que nunca anda completamente solo, y reconoce que el apoyo espontáneo de las personas y el desarrollo del oído han sido claves para moverse con mayor seguridad. Pensar en “la primera caída me daba mucho miedo, pero cuando ocurrió, me levanté solo y entendí que, con voluntad, uno puede salir de cualquier problema”, relata.

Para Doriel, la rehabilitación es fundamental, aunque no siempre llega de manera formal. En su caso, la vida lo obligó a recuperarse “en la calle, a la fuerza”, y sin restar valor al trabajo de los especialistas, considera que aceptar la realidad y enfrentarse a ella es imprescindible para seguir adelante.

“Perder la visión no es algo que se acepte fácilmente porque, entre otras cosas, se pierde la intimidad y la independencia”, reconoce, y concluye con una convicción firme: “la grandeza del ser humano está en mejorar lo que es; quiero seguir aprendiendo y, si puedo guiar a alguien algún día, hacerlo con todo el amor del mundo”.

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Joel @ No todo está perdido
abril 11, 2024 at 1:44 am
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