No solo construyen con sus manos una obra que llevará energía limpia a la comunidad.

Con un gesto silencioso y profundamente humano, los trabajadores del parque solar Rafael Reyes decidieron regalar algo aún más esencial: su propia sangre.
Por segunda vez, el banco móvil del Hospital docente Alberto Fernández Montes de Oca se instaló entre paneles solares, convirtiendo la obra en un espacio de doble generosidad.

Conscientes de que su aporte puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte para alguien desconocido, obreros y especialistas dejaron por un momento sus herramientas para extender el brazo.
En ese acto de solidaridad callada, el sol testificaba cómo la luz se transformaba, no solo en electricidad, sino también en esperanza.
Entre los que respondieron al llamado estuvieron Yordan, ayudante de la construcción; Emilio, el albañil; Fermín, el custodio; y el más joven, Damil, ingeniero civil.
Cuarenta y dos donaciones en total se incorporaron a la red, un número que trasciende la estadística: son latidos prestados, vida líquida destinada a salvar, a sanar, a sostener.
Estos hombres, que ya contribuyen con su esfuerzo diario a una obra de impacto social, sumaron así otro tipo de legado.
Un legado que corre por las venas y que demuestra que el mayor progreso no solo se mide en megavatios, sino en humanidad compartida.
Que San Luis siga siendo tierra de sangre segura depende no solo del Sistema de Salud, sino de la disposición de quienes, con sencillez y convicción, ponen en alto el valor que mejor nos define: la capacidad de vernos en el otro, y de darle una parte de nosotros, sin más recompensa que saber que, en algún lugar, alguien respirará aliviado gracias a ese regalo.
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Periodista
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