Había hombres que no necesitaban alzar la voz para demostrar su valentía; les bastaba con la mirada serena y la certeza de estar en el lugar correcto, junto a la causa correcta. Juan Almeida Bosque, nacido un 17 de febrero de 1927 en la capital del país, fue uno de esos hombres. En el crisol de un hogar humilde y numeroso, donde cada bocado era una conquista y cada día una batalla, sus padres le grabaron a fuego la primera lección de su vida: la lucha es el único camino de los pobres para arrebatar lo que les pertenece.
Era albañil cuando sus manos callosas sostenían la cuchara y el nivel, oficio que compartía con su padre para mantener a sus once hermanos. Pero el destino de Cuba cambió el 10 de marzo de 1952, y con él, la vida de Almeida. El golpe de Estado despertó al rebelde que llevaba dentro. Sin dudarlo, se vinculó a un joven abogado llamado Fidel Castro. Desde ese instante, su sitio estuvo marcado para siempre: la primera línea.
Con 26 años, el obrero se convirtió en asaltante. El 26 de julio de 1953, Almeida marchó hacia el Moncada. No lograron tomar la fortaleza, pero la cárcel de Isla de Pinos tampoco pudo doblegarlos. El exilio en México fue apenas un respiro antes de la travesía definitiva. A bordo del Granma, Almeida asumió su responsabilidad como uno de los tres jefes de pelotón. Desembarcaron, se dispersaron, se reencontraron y, en los días fundadores del Ejército Rebelde, su estrella comenzó a brillar con luz propia.
En el combate de El Uvero, la sangre manchó por primera vez su uniforme; dos impactos de bala intentaron detenerlo, pero solo lograron templarlo aún más. Fue allí, en la manigua, donde Fidel Castro lo ascendió a Comandante. Almeida no solo aceptó las estrellas, sino el deber de llevarlas con dignidad al frente del Tercer Frente Guerrillero «Mario Muñoz», un territorio que liberó palmo a palmo bajo la consigna que se haría leyenda: «¡Aquí no se rinde nadie!».
El triunfo del Primero de Enero de 1959 encontró a Almeida en la plenitud de su madurez revolucionaria. La etapa de la guerrilla dio paso a las responsabilidades institucionales. Desde la fundación del Partido Comunista en 1965, integró su Buró Político, y como Diputado y Vicepresidente del Consejo de Estado, puso su experiencia al servicio de la construcción del país.
Pero la grandeza de Almeida no cabía solo en los despachos. Su sensibilidad humana, aquella que había cultivado en la pobreza y el heroísmo, encontró otro cauce: el arte. En un difícil y hermoso reto, simultaneó la política con la creación. De su corazón brotaron más de 300 canciones, himnos de amor y de lucha, y de su memoria, una docena de libros que se convirtieron en pilares para entender la historia de Cuba. Como Presidente de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, entregó sus últimas energías para que la memoria de los caídos y la firmeza de los vivos fueran un baluarte sólido de la Patria.
Múltiples condecoraciones nacionales e internacionales avalan su trayectoria, pero ninguna tan simbólica como el título de Héroe de la República de Cuba y la Orden Máximo Gómez de primer grado, recibidos el 27 de febrero de 1998, en el aniversario 40 de su ascenso a Comandante en la Sierra Maestra.
A lo largo de 57 años de lucha ininterrumpida junto a Fidel, Juan Almeida Bosque demostró que la fidelidad no es una palabra, sino una actitud. Fue el prisionero estoico, el expedicionario audaz, el jefe militar invicto y el artista apasionado. Su nombre no pertenece a una fecha ni a un mármol; pertenece al latido mismo de Cuba. Porque en cada cubano que se niega a rendirse, en cada canción que habla de amor y de patria, en cada joven que estudia su historia, el Comandante Almeida sigue combatiendo, sigue creando, sigue presente.