El primer día de febrero no es una fecha cualquiera en el calendario de las letras. El aire trae un eco, un susurro de versos que se resisten al olvido.
Hoy, hace siglo y medio, una voz poderosa —la de Gertrudis Gómez de Avellaneda— emprendió su vuelo definitivo hacia la eternidad.
Pero “Tula”, como la llamaban los cercanos, no se fue del todo. Se quedó anclada en cada línea que desafió al tiempo.Nacida bajo el sol de Camagüey en 1814, la Avellaneda llevaba en el pecho el fuego dual del tropico y la añoranza.
Su vida fue, desde joven, un peregrinaje forzado: la pérdida, el desarraigo, la partida de Cuba marcaron su alma y, con ella, toda su obra.
Esa “peregrina” transformó el dolor en tinta, y la tinta en un acto de valentía.En un Madrid literario dominado por varones, ella no pidió permiso.
Llegó, en la década de 1840, para conquistarlo con la fuerza de su pluma. Escribió con la destreza de quien domina todos los géneros: poemas que desnudan el alma, novelas como Sab —grito pionero contra la esclavitud—, y dramas que hacían vibrar los teatros y sorprendían a la crítica.
Su voz era un territorio propio donde el amor, la libertad y los derechos de la mujer resonaban con una claridad desobediente.
Fundó y dirigió el Álbum Cubano de lo Bueno y lo Bello, un refugio y trinchera para el pensamiento femenino.
Allí, y en cada página suya, imprimió las preocupaciones y los anhelos de las mujeres de su tiempo. La prestigiosa estudiosa María Ángeles Ayala Aracil no duda: la erige como la escritora cubana más insigne del siglo XIX.
Sus versos, dice, son una sincera sucesión de “amor, experiencia religiosa o nostalgia por su tierra natal”.Pero detrás de la escritora monumental latía un corazón golpeado por la tragedia: la muerte de dos esposos, el abandono de un amor, la pérdida de una hija.
La depresión fue una sombra con la que libró batalla, y de esa lucha extrajo poemas y prosas de una hondura estremecedora. Como en el soneto inmortal Al partir, donde el adiós a Cuba se convierte en un desgarro universal.
Admirada por figuras como José Martí y rodeada de la amistad de los grandes literatos de su tiempo en España, Gertrudis nunca rehuyó el combate.
Su vida fue un argumento más de su obra: una búsqueda constante de belleza, verdad y justicia, incluso cuando la pena quería ahogar su canto.Un día como hoy, en 1873, en Madrid, su peregrinaje terrenal concluyó.
Pero la Peregrina había logrado lo esencial: tomar su vuelo a la inmortalidad. Su legado no es un polvo quieto en los estantes, sino un latido vivo.
Un mensaje claro: la palabra, cuando es valiente y sincera, puede trascender todas las fronteras, incluso la del tiempo.
Hoy la recordamos. Hoy la leemos. Hoy su voz, aún, nos interpela.