Las manecillas del reloj de la historia se detienen, una y otra vez, en ciertas fechas que palpitan con luz propia.
Para esta ciudad de tinajones y calles enredadas, ese instante eterno tiene nombre: 4 de enero de 1959.
Un enero luminoso, no solo por el sol, sino por la esperanza que, montada en la Caravana de la Libertad, llegaba triunfante desde Santiago.Al frente, Fidel Castro Ruz.

La ciudad, entera, volcada en las aceras, en los balcones, en el aire mismo, para recibir al hombre y al sueño que materializaba.
Hoy, quien lo vivió y hoy peina canas, cierra los ojos y aún lo ve: la figura erguida en la cúspide del tanque Sherman, atravesando la ciudad, saludando a su pueblo. Un gesto que se volvió memoria tallada a fuego.
Las cámaras, profesionales o temblorosas en manos de aficionados, se encargaron de que el tiempo no borrara la evidencia.

No hacían falta muchas palabras; la alegría desbordada de los camagüeyanos en cada fotograma lo dice todo. Esa imagen, más que un recuerdo, es un latido compartido.Hoy, domingo, el calendario marca 66 vueltas alrededor de aquel sol.
Y la memoria, fiel, convoca. En la plaza de la Libertad, el mismo punto donde aquella noche de enero la voz de Fidel se fundió con la del pueblo, seguramente se reunirán nuevamente los camagüeyanos.
Los de entonces, que guardan la historia en la mirada, y los jóvenes, que la reciben como herencia viva.

Son las manecillas de un reloj que no se cansa de señalar, en su tic-tac perpetuo, los momentos que forjaron la soberanía.
El 4 de enero es uno de esos instantes dorados: el día en que la libertad, en caravana, entró para quedarse en las calles de Camagüey.