La espiritualidad es el arma profunda, la que confiere sentidos a la Cuba de hoy

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La espiritualidad es el arma profunda, la que confiere sentidos a la Cuba de hoy

La Habana, 25 feb.— Llegó el momento en que a esta reportera se le hizo muy difícil tomar notas en su agenda, porque se fue quedando atrapada en las palabras de los intelectuales que este miércoles compartieron sus experiencias, con la dirección del país, de lo que han hecho y saben de trabajo comunitario.

La reunión se convirtió de pronto en una espiral de emociones, en la evidencia estremecedora de que Cuba tiene en sus barrios, que son sus venas profundas, los torrentes de la resistencia más hermosa, esperanzadora e inquebrantable que pueda, o no, ser imaginada.

«Nos seguiremos viendo», dijo el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, a un grupo de mujeres y hombres que saben mucho de cómo poner humanidad y colores a un barrio. Allí estaban ellos, algunos llegados desde distintos lugares de la Isla para estar en el encuentro con el dignatario, donde se dio seguimiento a los acuerdos tomados durante el IX Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), celebrado en junio de 2019.

Tocó el turno a lo que ha venido haciendo la comisión permanente, que versa sobre cultura comunitaria, patrimonio y tradición. Desde la presidencia también se encontraban la vice primera ministra, Inés María Chapman Waugh, así como el miembro del Secretariado y jefe del Departamento Ideológico en el Comité Central del Partido, Rogelio Polanco Fuentes.

Se hizo un repaso a loables esfuerzos realizados, marcados por ese llamado hecho por el Jefe de Estado durante la clausura del ix Congreso, de dar una cruzada contra la incultura y la indecencia. Fueron tocadas las luces y las sombras, sin que faltase la alerta de que no siempre hay una comprensión de lo que la cultura representa para la transformación de un barrio.

Aunque el tema de la jornada de análisis es uno de los más urgentes e importantes de la Cuba de hoy, todo iba sobre la cuerda de la racionalidad, más que de las emociones. Pero algo sucedió en el aire, hubo como un punto de giro cuando el poeta y etnólogo, Miguel Barnet, hizo uso de la palabra: «Me produce gran satisfacción, dijo, que estemos revisitando el barrio, donde está la médula de la patria, y ustedes saben que lo dijo Don Fernando (Ortiz): la patria es la cultura.

«A ese fondo retador que es el barrio hay que ir con nuestras más pulidas herramientas científicas, y con el corazón», dijo el prestigioso intelectual, quien está convencido de que no se puede ir allí e imponer las cosas: hay que ir con un diagnóstico de cómo se vive en ese barrio, «no se trata de parecernos a él, sino de ser él, se trata de no olvidar las raíces como nunca las olvidó el barrio, porque olvidarlas es convertirnos en víctimas del presente y huérfanos del futuro».

Ir a los barrios es ir a lo más hondo del alma popular, ahí donde la poesía marca el punto de partida de las ciencias sociales –afirmó Barnet–; ir al barrio es sentir las palpitaciones de él; eso quiere decir hallar una identificación plena con la espiritualidad que alienta la vida en comunidad.

Entre otros conceptos, Barnet afirmó: La cultura popular no es algo llovido desde arriba, sino brotado desde abajo, hay que escuchar al otro, esa voz por años olvidada y que la Revolución trajo a la palestra. Y recordó que para vivir una vida propia y sin servidumbres, necesitamos de la cultura, «por eso me adhiero a esta invitación de ir al barrio, es decir, al útero de la Isla».

Y entonces tocó el turno a Silverio, el artífice del Mejunje de Santa Clara. Dijo algo que ha sido cardinal en su éxito, pero que resulta clave para la Cuba nuestra: «Tenemos muchas carencias, pero también mucha solidaridad». Y contó a todos que lo que comenzó siendo un espacio para la cultura, terminó siendo un espacio para la vida social y política de Villa Clara y del país.

Silverio disertó bellamente sobre inclusión, sobre encadenamiento con las instituciones –«lo único que yo tengo es un engranaje», explicó–; y empezó a contar de las jornadas para la adopción de animales, para ayudar con medicamentos, para que la gente se encuentre con la gente y la pase bien, para echar a andar comedores. Habló de echarse arriba un montón de problemas, de escuchar a las personas, de enseñar el arte de la solidaridad a generaciones y generaciones, y de que las crisis son buenas porque ayudan a pensar.

La poesía y su insospechado alcance para el trabajo con los seres humanos, fue traída a colación por el destacado actor y declamador Alden Knight. Más de 60 años de labor espiritual, dijo, le han dado mucha satisfacción: «El hecho de decir la poesía me ha llenado», confesó, porque es un convencido de que el pueblo siempre entenderá qué hay adentro de todo poema.

Hay que llevar la poesía a los barrios, sugirió Alden Knight, para que la gente sienta la satisfacción de ser quien es. Y Jesús Irsula Peña, presidente de la comisión permanente de cultura comunitaria, patrimonio y tradición, afirmó después que el futuro de la cultura es de alianzas.

Meses de trabajo en el barrio capitalino El Fanguito, donde han cosechado frutos, le han dejado la certeza –como dijo en la reunión– de que se pueden lograr en las comunidades relaciones de familiaridad y de solidaridad ciudadana.

Agustín Antonio Villafaña, artista de la plástica, líder de la comunidad artística Casa Yeti, en el municipio de Playa, contó su historia. Recordó a Fidel y su concepto que tiene que ver con sentidos de la vida y que Villafaña dijo con palabras propias: «Lo que no podemos hacer es que la gente pierda el tiempo».

La minicultura es la esencia de las grandes culturas; dondequiera que exista un artista, un taller, debe haber una fuente de cultura en los barrios; es el momento de hacer crecer a Martí. De todo eso reflexionó Villafaña, y se entendió muy bien qué cosa es trabajo comunitario cuando dijo que en la Casa Yeti un niño puede entrar y salir con su camisa recién lavada, un niño puede incluso salir con un cinto nuevo, con el cual ajustarse su uniforme.

Hacia el final de todas las intervenciones, el Presidente sumó su voz: este encuentro, dijo, era muy importante porque «en la misma medida que estamos profundizando en el trabajo comunitario, queremos también beber del aprendizaje que pueden tener las experiencias de un grupo de ustedes que han liderado durante todos estos años ese tipo de labor».

Compartió la idea de que «lo que se haga en el barrio no sea una intervención, sino que todo parta de un estudio, del diagnóstico del barrio: en la misma medida que vamos madurando nos damos cuenta de que tenemos que ir a los estudios antropológicos, ir a las tradiciones, a las esencias del barrio, a las maneras en que nacieron determinadas comunidades, y sobre esa base (…) ver cómo hacemos coincidir los proyectos de vida personal de la gente con lo que queremos lograr a nivel de sociedad».

Creo –razonó el dignatario– «que lo que más va a emancipar, es lo que trabajemos en la espiritualidad y con más espiritualidad, también la gente podrá participar y entender mejor la transformación que se logra en lo físico, y para eso necesitamos gente como ustedes, que ha tenido ese empeño, esa voluntad, ese altruismo, y que han llenado de belleza los barrios en tiempos difíciles».

Ahora es necesario, añadió el mandatario, socializar todas las buenas experiencias, «que sean más visibles para la población y también para las personas que están trabajando en todos los barrios, ahora, a la vez».

«Yo siempre digo: el socialismo lo tenemos que construir desde el barrio; desde el barrio también tenemos que enfrentar esa hegemonía cultural que nos quieren imponer, y hay que hacerlo con cosas como las que ustedes han estado aportando».

Díaz-Canel Bermúdez dio las gracias a sus interlocutores, y no era para menos: La espiritualidad brilló, en voz de nuestros artistas, como el norte de una brújula. ()

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