Vigencia del legado de Agramonte a 148 años de su caída en combate

La madrugada del 11 de mayo de 1873 sorprendió al Mayor General Ignacio Agramonte preparando su próxima batalla contra un contingente español de mil efectivos de infantería, caballería y artillería que emboscaría en el Potrero de Jimaguayú, a 32 kilómetros al suroeste de la ciudad de Puerto Príncipe (Camagüey).
Vigencia del legado de Agramonte a 148 años de su caída en combate

La madrugada del 11 de mayo de 1873 sorprendió al Mayor General Ignacio Agramonte preparando su próxima batalla contra un contingente español de mil efectivos de infantería, caballería y artillería que emboscaría en el Potrero de Jimaguayú, a 32 kilómetros al suroeste de la ciudad de Puerto Príncipe (Camagüey).

Las tropas colonialistas fueron enviadas desde la ciudad por el entonces general de brigada Valeriano Weyler, jefe interino del Departamento Central, con la misión de vengar las derrotas sufridas poco antes frente a los contingentes del Mayor.

Para aquellos soldados era muy evidente la magnitud de esos fracasos por las 100 tumbas que debieron abrir para los compañeros caídos en los combates de fuerte Molina y Cocal del Olimpo.

El plan de Agramonte se basaba, esencialmente, en la táctica mambisa de organizar una emboscada contra una fuerza superior utilizando el conocimiento del terreno que tenían los cubanos del Potrero de Jimaguayú, el cual convertiría en un gran bolsón flanqueado por sus aproximados 500 efectivos de infantería y su legendaria caballería.

Una pequeña fuerza de jinetes provocaría a la columna hispana para que los persiguiera hacia el interior del Potrero, donde caerían en la línea de fuego mambisa.

La tropa enemiga se mostró cauta y no se adentró en la emboscada. Según las versiones de la época, Agramonte se percató de eso y para reorganizar sus fuerzas se separó de la caballería y partió con su escolta, pero al cruzar el potrero se puso a tiro de un grupo enemigo de avanzada que se había ocultado e hirió mortalmente al Mayor de un balazo en la sien derecha.

Los peninsulares se llevaron el cadáver del prócer mambí, lo exhibieron como un trofeo de guerra en una plaza de la ciudad y quemaron sus restos para evitar que su tumba se convirtiera en lugar de culto de los cubanos.

Tenía entonces solo 31 años y a golpe de valor, audacia y gran talento como estratega y organizador militar se erigió como uno de los jefes principales de la Guerra de los Diez Años y ganó un lugar dentro de la inmortalidad en la historia patria.

Su vida fue leyenda, pero muy diferente a las exaltaciones de los héroes mitológicos. Nació en una familia de linaje camagüeyana y adquirió la mejor formación en colegios españoles y en la Universidad de La Habana, de la cual egresó en 1867 como doctor en Leyes.

Aunque antes puso en serio peligro su futuro como abogado en la defensa de su tesis, en la que denunció los males del régimen colonial y el derecho de los cubanos a un gobierno propio, ante lo cual una de las autoridades del centro dijo que de conocer su contenido con anterioridad no hubiera permitido la graduación de Agramonte.

Pudo con su extraordinario talento e ingenio continuar la tradición de abogados ilustres de su padre y tío, y disfrutar de una acomodada posición en la sociedad colonial de entonces, junto al amor de su vida, la joven camagüeyana hija de una de las más distinguidas y ricas familia de Puerto Príncipe, Amalia Simoni.

Todo parecía anunciar felicidad para los jóvenes cuando contrajeron matrimonio en la mañana del primero de agosto de 1868 en la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, pero pocos meses después de disfrutar de tanta dicha, ante el reclamo de la Patria, Ignacio se involucró en la conspiración iniciada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868, y el día 11 de noviembre de ese año, vistiendo una camisa roja de finas rayas negras que le preparó su amada, se fue a la manigua el joven abogado.

No tuvo Amalia ningún gesto de desesperanza y desde el campo insurrecto su esposo le recuerda : “En una de tus cartas leo estas palabras: tu deber antes que mi felicidad es mi gusto, Ignacio mío” . Se unieron nuevamente en la manigua donde nació su hijo.

Posteriomente, ella fue sorprendida por los españoles en su rancho al que nombraron El Idilio y la hicieron prisionera. Salió al exilio llevando en su vientre a su hija que nombró Herminia y que nunca conocería su padre.

Ignacio Agramonte levantó una formidable fuerza con la caballería de Camagüey y contingentes de Las Villas, en tres años y medio participó en más de cien combates y organizó un sistema de aprovisionamientos, talleres de talabartería y de reparación de armas, y llevó el arte militar cubano a lugares cimeros con las cargas al machete combinadas con las sorpresas del fuego de la infantería.

Tuvo contradicciones con el presidente Carlos Manuel de Céspedes por las conocidas desavenencias en las formas de dirigir la Revolución, sin embargo eso no quebró la unidad de las filas independentistas, ni evidenció ninguna ambición de poder. Y para no dejar duda le sale al paso a los comentarios y ordena tajante a sus subordinados: “¡Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la República!”.

José Martí en su artículo “Céspedes y Agramonte” realizó el definitivo juicio sobre estas dos figuras cimeras de nuestras gestas por la independencia al decir : “De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud. El uno es como el volcán, que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra; y el otro es como el espacio azul que lo corona. De Céspedes el arrebato, y de Agramonte la purificación. El uno desafía con autoridad como de rey; y con fuerza como de la luz, el otro vence. Vendrá la historia, con sus pasiones y justicias; y cuando los haya mordido y recortado a su sabor, aún quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para la epopeya”.

Hoy, a 148 años de la caída en combate del que también calificara nuestro Apóstol como “diamante con alma de beso”, su ejemplo de unidad ante la causa de la Patria, de desinterés y de intransigencia forma parte del más sagrado legado para las actuales y futuras generaciones de revolucionarios cubanos. (Jorge Wejebe Cobo, ACN)

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