Juicio contra los moncadistas: derrota moral de la dictadura

Juicio contra los moncadistas: derrota moral de la dictadura

En la mañana del 21 de septiembre de 1953 se inició la Causa No. 37 en la sala del pleno del Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba, que juzgó a los acusados por los ataques a los cuarteles Moncada, de Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, ocurridos el 26 de julio.

Eran muchos los crímenes que tenía que ocultar la tiranía de Fulgencio Batista sobre los acontecimientos de ese día, cuando en 24 horas los soldados como bestias sedientas de sangre, asesinaron a cerca de 50 asaltantes, muchos de ellos en el patio e instalaciones del Cuartel Moncada.

Aquella mañana de septiembre todo parecía indicar que la farsa judicial se desarrollaría según los planes del gobierno, como un expedito trámite que reafirmaría las mentiras oficiales y condenaría a los acusados, con la colaboración de la mayoría de los magistrados quienes -aunque sin mucho entusiasmo- se prestaron a seguir las órdenes de los esbirros.

Pero esa falsa expectativa solo duró hasta que compareció en la sala atestada de militares, un joven abogado nombrado Fidel Castro Ruz, quien asumió su defensa, se declaró jefe de la acción revolucionaria y protestó de forma airada por comparecer junto con sus compañeros esposados, lo que obligó al Presidente de la Sala a acceder al retiro de las esposas a todos los procesados.

Los asaltantes tampoco se dejaron amilanar por los soldados armados con fusiles con bayoneta calada que los escoltaban, muchos de los cuales estaban manchados con la sangre de los moncadistas, y en más de una ocasión aplaudieron y vitorearon las palabras de su líder.

Desde las primeras respuestas a la inquisitoria del Tribunal, Fidel desmontó la acusación de que el ex presidente Carlos Prío y otro político involucrado en el proceso, fueron los autores intelectuales del 26 de Julio y aportaron un “millón de pesos para la revolución”, según los términos de la acusación.

Al respecto dijo: “Nadie debe preocuparse de que lo acusen de ser autor intelectual de la Revolución, porque el único autor intelectual del asalto al Moncada es José Martí, Apóstol de nuestra independencia”.

Expuso con precisión los aportes monetarios de los propios asaltantes, algunos asesinados y otros presentes en el juicio, con los que se sufragaron los gastos previos a la acción y sobre todo la adquisición de las armas, la mayoría escopetas y fusiles de caza.

Explicó los principios del movimiento contenidos en el Manifiesto a la Nación que se divulgó para explicar el ataque, y que exponía la esencia martiana que presidió esa acción, la cual perseguía, además de derrocar al gobierno tiránico, cambiar el sistema político imperante de corrupción, injusticia social y abandono del pueblo.

Una testigo presencial a quien se debe en buena parte la divulgación de la verdad de la gesta, la entonces estudiante de periodismo Marta Rojas, escribió: “Fidel asumía su propia defensa y como abogado le correspondía interrogar a sus compañeros y a los propios acusadores.

Eso hizo entre el 21 y el 22 de septiembre. De sus interrogatorios, vistiendo una toga prestada, (…) sacó a la luz horribles crímenes denunciados por sus compañeros revolucionarios, y del relato de estos pedía instruir causas a los autores en los juzgados correspondientes.

“Definitivamente el acusado se había convertido en un acusador demasiado inconveniente”.

La dictadura no podía permitir que Fidel siguiera denunciando los crímenes en público, para lo cual fue pensado su asesinato y ante el fracaso de esos planes, se arguyó la mentira de una supuesta enfermedad con el fin de impedir su concurrencia a otras sesiones del proceso.

Pero la derrota moral de la dictadura era ya inevitable, inclusive al realizar la otra parte del juicio contra el líder de la Revolución ante un público reducido, bajo fuertes medidas de aislamiento en una estrecha sala en la Escuela de Enfermeras del antiguo Hospital Civil Saturnino Lora, de Santiago de Cuba, el 16 de octubre.

Ese día, Fidel Castro pronunció su histórico alegato de autodefensa “La Historia me Absolverá”, en el que incluyó los postulados y denuncias que realizó el 21 y 22 de septiembre y que sería el programa de la Revolución. (Por Jorge Wejebe Cobo, ACN).

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