Al habla Yolanda Navarro, ícono de la enfermería cubana

Al habla Yolanda Navarro, ícono de la enfermería cubana
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De su labor, el más bello secreto: el amor a su profesión

Santiago de Cuba, 16 jul.— Reverencia y respeto para Yolanda Navarro Crespo, ejemplo de mujer en la vida cubana; imposible narrar todas sus relatos en pos de la salud y la belleza; es un libro de altruismo y alta profesionalidad.

Cuando la escuché hablar, conociendo su larga trayectoria laboral, la nombré, misionera revolucionaria, que cada día entrega y dedica lo mejor de sí al bien de los demás.

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En la presente etapa vive consagrada a la familia y al entorno de su barriada, al sur de Santiago en Mariana de la Torre. Nacida en Camagüey, la trajeron de meses para esta ciudad y ya en la adolescencia se incorporó a la campaña de alfabetización “Conrado Benítez” en 1961; tres años después se gradúa como enfermera pediátrica, iniciando así su largo quehacer en el sector de Salud Pública, primero en el Hospital Infantil Sur, luego la antigua colonia, donde participó en campañas por epidemias tanto de Gastroenteritis como Bronquiolitis por los 70 de la centuria pasada. En 1978 se especializó como técnica de anestesiología; fecha que marcó su vida porque desde ese entonces trabajó en todas las entidades hospitalarias santiagueras hasta su jubilación en el 2007 en el Hospital General Docente Dr. Juan Bruno Zayas de Santiago de Cuba.

Pronto en su labor, siendo militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, es seleccionada para el Partido por su conducta ejemplar.

Lo personal marcha paralelo a sus acciones sociales y sus dos hijas concluyeron los estudios universitarios, médico y socióloga, concurriendo hoy como mujeres muy activas en la Revolución Cubana; ejemplos siguieron de su progenitora, incansable luchadora.

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Yolanda puede escribir un libro de historia, investigaciones, distinciones y méritos acumulados pero ella destaca entre tantas, sus misiones en Angola y Haití, fundamentalmente en el país africano, donde, como anestesista fue miembro de una brigada de tanques durante tres años; condecorada con medallas de Servicio Distinguido y de la primera línea de combate; Vanguardia de las FAR y de Salud Pública por años consecutivos.

Otros momentos de su existencia se remiten al movimiento sindical santiaguero; por ejemplo, en el hospital Ambrosio Grillo cuando fungió como secretaria General del Buró de la Central de Trabajadores de Cuba en este centro, el cual obtuvo su condición de Modelo y Colectivo Moral; tampoco puede olvidar la última etapa de su labor en la Misión Milagro aquí en Santiago de Cuba, donde llegaron muchísimos hermanos venezolanos a recobrar la visión.

Con orgullo nombra a muchos profesionales con quienes trabajó directamente, pie con pie, en intervenciones quirúrgicas y en campañas de epidemias, destaca médicos renombrados, algunos ya desaparecidos físicamente como Paz Presilla, González Corona, Amaro y César Falagán. Otros conservan un lindo recuerdo de Yolanda, bien lo expresa, la doctora Nancy Nápoles Smith.

En sus casi 44 años de duro bregar en la medicina, no pasa por alto, las investigaciones, temas en los que puso su granito de arena, sobre todo en el campo de la anestesia en la geriatría, ponencia presentada en en el Palacio de las Convenciones, en un evento internacional de enfermería; corría el año 1980; hitos anotadores en su obra de vida.

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Yolanda engrandece su oficio con un altruismo ilimitado; para ella es ley esencial, la indagación y el fortalecimiento de los sentimientos, de la ayuda al prójimo; una cualidad que adquirió en el seno familiar, en la temprana edad, unida íntimamente a la educación de cuna; la trasmite y la genera desde siempre, hoy en su hogar, familia, vecinos, amigos y a quienes a veces, casi no conoce; ella apuntala y brinda lo mejor de sí para el bien de los demás.

Su mundo se extiende en este período a las decoraciones de la casa, al patio, su selva, donde las plantas crecen robustas y sus frutos forman parte de los regalos de una mujer amante de la vida, que nació para brillar con su nobleza y contribuir a que la rueda del mundo se mueva en pos de una ruta más feliz. Vale por ella, por su nombre, Yolanda, que pertenece indeleblemente a la bondad y a la grandeza.

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