La mañana del 28 de mayo de 1957 amaneció pesada sobre la costa de Santiago de Cuba. El calor comenzaba a subir desde temprano y, entre las montañas de la Sierra Maestra y el mar, el pequeño poblado de El Uvero parecía despertar con la misma tranquilidad de siempre. Nadie imaginaba que, en pocas horas, aquel sitio se convertiría en escenario de uno de los combates más decisivos de la lucha revolucionaria cubana.