El amor rara vez se rompe de manera abrupta. Más bien se desgasta poco a poco, como una tela que se deshilacha con el tiempo. El engaño, disfrazado de cuidado, suele presentarse como un intento de evitar conflictos o de proteger al otro. Sin embargo, en la mayoría de los casos, lo que realmente se protege es la propia comodidad, a costa de hipotecar la relación.
La credibilidad, auténtico sostén de cualquier vínculo, se resquebraja con cada ocultamiento. Una vez que la falsedad aparece, el terreno firme se convierte en un suelo lleno de grietas. Ya no importa únicamente lo que se escondió, sino lo que ese gesto revela: si hubo un engaño, ¿cuántas verdades más permanecen en silencio? Desde ese momento, los gestos cotidianos se contaminan de sospecha y las palabras necesitan ser verificadas, como si el amor se hubiera transformado en un interrogatorio constante.
Sin embargo, cuando la desconfianza se instala, la relación se transforma sin que lo notemos. La complicidad se convierte en duda, la serenidad en vigilancia. El vínculo deja de ser un espacio seguro para convertirse en una negociación tensa. Y en ese escenario, la metamorfosis final resulta inevitable: el paso de amantes a desconocidos.
Aceptar la distancia no es un acto de odio, sino de honestidad. Es reconocer que, tras ciertas heridas, permanecer cerca puede ser más dañino que tomar caminos separados. Se renuncia al derecho de preguntar, de cuidar, de compartir. Y esa renuncia duele porque alguna vez todo eso fue lo más importante.
Se habla con frecuencia de “quedar como amigos”, pero cuando la credibilidad ha sido quebrada, esa amistad suele ser más aspiración que realidad. ¿Cómo sostener un vínculo con alguien a quien ya no se puede creer del todo, o que ya no confía en nosotros? En esos casos, la figura del extraño aparece como una forma extrema, pero también sincera, de asumir que el daño ha modificado para siempre la manera de relacionarnos.
Engaño, desconfianza y extrañamiento forman parte de la misma secuencia. Primero se oculta, luego se erosiona la credibilidad, y finalmente se enfría la relación hasta que descubrimos que quienes fueron nuestro hogar ahora caminan por el mundo como perfectos desconocidos. Tal vez el verdadero acto de amor, hacia el otro y hacia uno mismo, no consista en prometer eternidad, sino en elegir la transparencia incluso cuando incomoda. Porque si alguna vez toca separarse, al menos que no sea bajo la sombra de un engaño.