En el reino de las certezas, donde las ecuaciones exactas prometen un futuro ordenado, hubo una niña camagüeyana que prefirió el desorden vivo de los archivos.Olga Portuondo Zúñiga pudo ser reina de los números.
Sus notas en Matemáticas, Química y Física así lo anunciaban. Pero el corazón —ese primer útero de todas las vocaciones— le susurró otra maternidad.No la de los hijos de carne. Sino la de los hechos, los suspiros, las letras olvidadas.
Y hoy, en vísperas del Día de las Madres, recordamos a esta mujer que eligió gestar la identidad de un pueblo. Es desempolvar un archivo y devolverle la dignidad a un esclavo llamado Golomón. Es bordar desde la fundación de Manzanillo hasta el fogón de una familia del siglo XIX.
Es tomar la Virgen del Cobre, símbolo de cubanía, y demostrar que la espiritualidad también pare nación.Olga Portuondo, historiadora de Santiago, profesora titular, Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas, ha parido libros como quien da a luz hijos:
El Cobre: santuario nacional, La catedral primada de Cuba, La saga de los Valientes. Cada página es una placenta de memoria.
Hoy, cuando celebramos a las madres de sangre, no olvidamos a esta madre de tinta y búsqueda. Porque ella, con cada investigación y cada suspiro entre legajos, nos enseñó que un pueblo sin historia es un huérfano sin raíz.
Y Olga, nuestra querida Olga, sigue siendo madre. De nuestra cultura, de nuestra identidad, de esta Santiago que la nombró su historiadora para que nunca olvidemos quiénes fuimos.
Feliz día, madre de la memoria. Cuba respira gracias a ti.