En el hogar de Anthony Romero Segura, un niño postrado que respira a través de una traqueotomía, la luz del sol se ha convertido en sinónimo de vida.

La instalación de un sistema fotovoltaico, impulsada por el Estado cubano, ha transformado la incertidumbre en calma: ahora sus padres pueden cocinar a tiempo, organizar la rutina diaria y, sobre todo, dejar atrás el miedo constante a un apagón.
Más que una ayuda técnica, este gesto es un acto profundamente humano.
Porque la energía estable no solo mantiene en funcionamiento los equipos médicos; sostiene la confianza de una familia que cuida sin tregua y reafirma una verdad esencial: la infancia más vulnerable merece ser protegida con todo lo que el país pueda ofrecer.

La apuesta por fuentes renovables, en medio de las dificultades económicas, demuestra que la solidaridad también se construye con hechos concretos.
En cada hogar como el de Anthony, el sol no solo enciende una luz eléctrica: enciende la certeza de que la energía puede ser continuidad, dignidad y esperanza.