Un médico nacido en La Habana, formado en Francia, decidió regresar a su tierra para fundar algo que aún no tenía nombre propio en la Universidad: la Antropología. Su legado no está en las batallas, sino en los laboratorios, las vitrinas y una cátedra que abrió la mirada hacia lo que somos.
El 7 de abril de 1849 llegó al mundo, en La Habana, Luis Montané Dardé. Su infancia viajó con él hasta Francia, donde la medicina lo tomó por completo.
Allí alcanzó el título de Doctor, pero el pulso de regreso a Cuba lo trajo de nuevo, en 1874, a la isla que lo vio nacer.No fue un hombre de grandes arengas, sino de laboratorios silenciosos y pasillos universitarios.
Ingresó en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana; fue vicepresidente de la Sociedad de Estudios Clínicos y director de la Sección Antropológica de la Sociedad Cubana de Historia Natural Felipe Poey.
Pero su obra más honda la sembró desde la cátedra.En 1900, en la Universidad de La Habana, Montané creó la primera Cátedra de Antropología de Cuba. No era un título vacío: fundó también un laboratorio y un museo.
Allí guardó con esmero los restos, las medidas, las historias que el cuerpo humano cuenta cuando se le observa con respeto.Su muerte llegó lejos de Cuba, en Chatou, Francia, el 28 de noviembre de 1936.
Pero su mirada sigue en cada pieza de aquel museo, en cada pregunta que la Antropología cubana aún se hace sobre nosotros mismos.