lunes 26 enero 2026

Un centelleo en la oscuridad: el cine que nos inventó

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El sitio de la televisión en Santiago de Cuba

Por Gabriela Inés Suárez Villoch. Estudiante de Periodismo.

Llegó a La Habana casi al mismo tiempo que el polvo del camino en los zapatos de París. El cinematógrafo, esa magia recién nacida, no fue solo un espectáculo curioso para Cuba; fue la primera chispa.

Gabriel Veyré, con su cámara pionera, encendió una mecha que empezó a arder con el fervor de una nación en ciernes.

En silencio, pero a gritos, aquellas primeras imágenes mudas de Enrique Díaz Quesada ya gritaban “Mambí” y mostraban la “Manigua”. Era un cine que, antes de aprender a hablar, ya tenía un acento propio.

Pero la verdadera revolución dentro de la pantalla llegaría después de 1959. Con la creación del ICAIC, la imagen en movimiento dejó de ser un espejo pasivo para convertirse en un martillo con el que moldear la conciencia.

El cine cubano dejó atrás los melodramas para abrazar una complejidad desafiante. Las salas oscuras ya no eran refugio para evadirse, sino un laboratorio donde diseccionar la realidad.

Ahí convivieron la aguda inteligencia de Sergio en «Memorias del Subdesarrollo» y el fuego indómito de las «Tres Lucías», un tríptico donde la historia de Cuba latía con nombres de mujer.

Hace apenas unas semanas, una de esas luces fundacionales se apagó: Adela Legrá, la Lucía de la Sierra, partió hacia la inmortalidad. Su despedida no es solo la de una actriz; es el cierre melancólico de un capítulo esencial.

Su mirada feroz y verdadera encarnó el espíritu de un cine que se atrevió a ser tan político como íntimo, tan épico como personal.

Esa fue la era de la metáfora audaz: la sátira descarnada de «La Muerte de un Burócrata» y el diálogo humanísimo y necesario de «Fresa y Chocolate», cuya frase “Hoy es mi día de suerte, encuentro maravillas” sigue resonando como un himno contra los prejuicios.

Fue un cine hecho con los recursos de la isla, pero con la ambición del mundo.

Hoy, ese legado no es una reliquia en un museo. Respira. Late en la persistencia de sus festivales –el Santiago Álvarez, el Latinoamericano– y en las aulas de la Escuela de San Antonio de los Baños.

El cine cubano, con todas sus luces y sus inevitables sombras, sigue siendo el reflejo más fiel de un pueblo que se piensa a sí mismo.

Es la crónica inacabada de una identidad que, frame a frame, sigue inventándose en la penumbra de una sala, lista para ser contada de nuevo.

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