Con información de Irina Portuondo Miguel
En la emblemática Plaza de Marte de la ciudad de Santiago de Cuba, no se alzaron solo voces, sino un sentimiento colectivo tallado en la historia de la ciudad más indómita.

Cuna de revoluciones y guardiana de la cubanía, volvió a erguirse, para enfrentar con firmeza un presente de desafíos.
El motivo: un nuevo decreto firmado desde Washington por el presidente Donald Trump, que busca estrangular la economía de la isla mediante sanciones al petróleo.
Una medida lejana, cuyas ondas expansivas pretenden llegar hasta los hogares santiagueros, con el declarado objetivo de obstaculizar su camino.

Sin embargo, lo que encontró esa lejana orden ejecutiva fue un muro. Un muro humano de convicción.
En un Acto de Reafirmación Revolucionaria, la ciudad no mostró pánico, sino un pulso firme y unido. No fue una protesta de ira desbordada, sino una ceremonia solemne de resistencia, donde el repudio se mezcló con el compromiso inquebrantable.

“Estas son acciones injerencistas, diseñadas para doblegarnos, pero solo logran solidificarnos”, expresó Yudania Clavel Chacón, Directora General de la escuela pedagógica Pepito Tey, poniendo voz a un sentir general.
Su palabras reflejaron la esencia del encuentro: una ratificación colectiva de la soberanía, ese principio que aquí se respira como la brisa caliente que baja de la Sierra Maestra.
Las organizaciones políticas, de masas e instituciones del territorio sellaron su respaldo a la dirección provincial, subrayando la necesidad de profundizar el trabajo ideológico ante un panorama internacional que se complejiza.

Fue un llamado a la cohesión interna como trinchera principal.Como solo Santiago sabe hacerlo, la solemnidad política dio un paso al lado para fundirse con el alma cultural.

El acto concluyó con una ofrenda de música y poesía, un cierre digno y coherente que recordó que la resistencia también se canta, se baila y se escribe.

Fue el recordatorio de que frente a los decretos que intentan asfixiar, esta tierra respira arte, historia y una voluntad indomable.

El mensaje, más allá de las palabras, quedó claro: Santiago no se doblega.