sábado 10 enero 2026

La Luz que no Pudo Apagarse

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Se llamaba Conrado Benítez García. Tenía apenas dieciocho años, la piel morena y una sonrisa que anticipaba el futuro. Su ejército no llevaba fusiles, sino lápices, libretas y faroles. Su batalla, la más hermosa: arrancar las sombras de la ignorancia y plantar, en su lugar, la semilla de una palabra descifrada.

Era febrero de 1942 cuando nació en Matanzas. Creció entre libros y anhelos, y con el triunfo de la Revolución, su brújula apuntó hacia la Sierra Maestra. Allí, entre las brumas de Minas del Frío, se forjó como maestro voluntario.

No buscaba gloria, solo el derecho elemental de un campesino a escribir su nombre, de un niño a descifrar el mundo. Fue destinado a Pitajones, un rincón olvidado en las lomas del Escambray. De día, enseñaba a 44 niños; de noche, a sus padres, adultos cuyas manos, acostumbradas al arado, temblaban ahora sosteniendo un lápiz.

“En el Año de la Educación —decía con fe— no quedará un solo analfabeto”.Pero en la noche del 4 de enero de 1961, la infamia lo esperaba. Mientras caminaba hacia su escuela, acompañado por dos vecinos, una banda de mercenarios —manos alquiladas por el odio y el miedo— lo apresó. Lo arrastraron a empujones, entre insultos y golpes, hacia un paraje llamado Las Tinajitas.

Allí, al amanecer del 5 de enero, apagaron a tiros su vida. Querían sembrar el terror, matar la idea, extinguir la luz que un farol de maestro llevaba a las montañas.Sin embargo, ocurrió lo contrario. La sangre de Conrado no se enfrió en la tierra; se convirtió en tinta.

Su nombre, gritado en consignas y escrito en las portadas de las cartillas, se trocó en himno. Lo que quisieron ahogar en silencio, resonó más fuerte:

“¡Conrado Benítez, presente!”.

Fidel, con el dolor convertido en convicción, lo proclamó símbolo:

“No será como una luz que se apague, será como una llama de patriotismo que se encienda”.Y así fue. Su muerte radicalizó la conciencia de un pueblo.

Miles de jóvenes, con la mochila cargada de libros y el corazón de coraje, partieron hacia los rincones más apartados de la isla. Eran la Campaña de Alfabetización, un ejército de letras que venció, en un año, a siglos de oscuridad.

El crimen no detuvo la cruzada; la inflamó.Hoy, en las aulas de la Mayor de las Antillas, su legado no es un recuerdo polvoriento.

Es la mano paciente que guía otra mano, la voz que repite una lección hasta que se entiende, la toga modesta de un profesor en una escuela rural. Conrado Benítez, el joven maestro de mirada clara, ya no está en aquel camino del Escambray.

Se multiplicó. Es el brillo en los ojos de un niño que lee por primera vez, y el pulso firme de cada educador que sabe que, en sus manos, lleva la trinchera más poderosa: la de la luz que nadie podrá apagar jamás.

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Joel @ No todo está perdido
abril 11, 2024 at 1:44 am
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