La llegada a la capital del féretro de Jesús Menéndez Larrondo, tras un extenso recorrido ferroviario desde Bayamo, dio lugar a una conmovedora despedida popular. En cada parada del tren, el pueblo rindió tributo a quien identificaba como un defensor consecuente de los derechos de los trabajadores, caído en circunstancias que desde entonces fueron reconocidas como resultado de un asesinato planeado desde Washington.
Diversos documentos y denuncias políticas de la época señalaron que el asesinato del dirigente sindical respondió a intereses ajenos a la voluntad nacional. La Carta Semanal del Partido Comunista, fechada el 18 de enero de 1954, denunció que Menéndez había sido condenado de antemano por jerarcas que operaban desde Estados Unidos, con la complicidad de sectores del poder político y militar cubano.
La cadena de mando involucró directamente al entonces presidente Ramón Grau San Martín y al jefe del Ejército, general Genovevo Pérez Dámera, quienes hicieron ejecutar la orden a través del capitán de la Guardia Rural Joaquín Casillas Lumpuy.
Quienes compartieron los últimos días del líder azucarero coincidieron en que Menéndez era consciente del peligro que enfrentaba.
En su artículo A propósito de una historia mal contada (publicado en 2017 por el periódico Trabajadores), Angelina Rojas Blaquier, señala un relato de Carlos Menéndez, hermano de Jesús. Según contó, luego de un acto sindical en el teatro Apolo en la localidad camagüeyana de Florida, varios trabajadores le alertaron de amenazas contra su vida y le sugirieron no continuar exponiéndose públicamente. A pesar de ello, él decidió mantener su actividad política y sindical. Aquella fue la última vez que su hermano lo vio.
En una entrevista publicada en 2008 por el periódico Escambray, Rogelio Concepción y Abraham Basnueva, obreros con los que Menéndez había luchado por mejoras laborales en los despalillos de tabaco de Guayos, en Las Villas, ofrecieron relatos similares.
Basnueva evocó una conversación sostenida durante un viaje hacia el oriente del país, en la que el dirigente expresó una inquietud profunda por su seguridad, sin que ello lo llevara a desistir de su compromiso. Esa despedida tuvo carácter definitivo.
Los hechos se precipitaron en la noche del 22 de enero de 1948, en la estación de ferrocarriles de Manzanillo. Jesús Menéndez viajaba acompañado por el diputado Paquito Rosales y el sindicalista Manuel Quesada. Al descender del tren, los siguió el capitán Casillas Lumpuy escoltado por tres guardias rurales, con el propósito de arrestarlo y conducirlo al cuartel.
Él se negó, amparándose en la inmunidad que le confería su condición de congresista. De acuerdo con numerosos testigos, el oficial reaccionó violentamente y abrió fuego a corta distancia, disparando tres veces a la espalda del líder que pasó a la historia como el General de las Cañas.
De inmediato sus acompañantes lo trasladaron con urgencia a la Casa de Socorros municipal, a donde llegó su cuerpo exánime. Con posterioridad se conoció que la acción respondía a instrucciones directas del alto mando militar, lo que confirmó el carácter político del crimen.
Décadas más tarde, nuevas luces se arrojaron sobre el suceso a partir del documental Jesús, el hombre que tenían que matar, del realizador Jorge Aguirre. En esa obra, el exsoldado José Manuel Alarcón Jiménez relató que Casillas intentó asesinarlo tras disparar contra Menéndez, con el propósito de fabricar una versión de defensa propia. El testimonio describió al capitán como un individuo temido incluso dentro del propio cuartel, por su conducta violenta y autoritaria.
El asesinato de Jesús Menéndez Larrondo marcó un punto de inflexión en la historia del movimiento obrero cubano. Lejos de apagar su legado, la multitudinaria respuesta popular a su muerte reafirmó su condición de símbolo de lucha y de víctima de un crimen concebido mucho antes de ejecutarse.