En el Día Mundial de la «Lucha Contra Lepra», recordamos que la enfermedad tiene tratamiento con medicamentos ,pero el estigma no.
Este 25 de enero se conmemora el Día Mundial de la Lepra, una fecha que nació en 1954 de la mano del humanista Raoul Follereau, para honrar a Mahatma Gandhi y para luchar contra una de las sombras más largas y persistentes que acompañan a una enfermedad: el estigma.
Este año, el lema lo dice con claridad: “La lepra es curable, el verdadero desafío es el estigma”.
La lepra, o enfermedad de Hansen, es una infección bacteriana de difícil contagio y perfectamente tratable. Cuando un paciente recibe su medicación, deja de transmitirla.
Sin embargo, sigue envuelta en una atmósfera de mitos y temores ancestrales que, hoy sabemos, son más dañinos que el propio bacilo descubierto por Gerhard Armauer Hansen en 1874.
Esta enfermedad afecta la piel y los nervios periféricos, pudiendo causar manchas insensibles u hormigueos.
Pero su impacto más profundo y cruel es psicosocial. Desde el momento del diagnóstico, la persona se enfrenta a un duelo identitario: ¿Soy quien era, o soy ahora lo que los demás temen que sea? La “identidad social” impuesta –la de ‘leproso’– choca brutalmente con su identidad propia, su dignidad y su lugar en la comunidad.
El estigma actúa como un veneno silencioso. Provoca que los pacientes oculten sus síntomas por miedo al rechazo, retrasando el diagnóstico hasta que aparecen discapacidades visibles.
Puede costarles su trabajo, su lugar en la familia o el simple contacto humano, mucho antes de que su capacidad para vivir una vida plena se vea mermada.
Como bien señalan los expertos, el estigma es la principal barrera para detectar casos a tiempo, hacer un seguimiento efectivo y prevenir discapacidades.
Entonces, ¿dónde está la batalla? No solo en los laboratorios, donde los avances son claros, sino en nuestra conciencia colectiva.
La solución no está en leprosarios aislados, sino en integrar su atención en la salud pública general, en consultorios comunes.
La clave está en la actitud: la del personal de salud que diagnostica con empatía, la de la familia que acompaña, la de la comunidad que informa en lugar de señalar.
La novela “Los hijos de Hansen”, de Ognjen Spahić, nos muestra el infierno del aislamiento forzado. Pero no hablemos solo del pasado.
Hoy, miles de personas, principalmente en India y Brasil, cargan no solo con la enfermedad, sino con el peso de un rechazo infundado. La mayoría de nosotros tenemos resistencia natural al bacilo.
El verdadero contagio del que debemos protegernos es el del miedo y la ignorancia.La lepra es una enfermedad curable. El estigma, en cambio, es una enfermedad social persistente que se alimenta de la desinformación.
Curar la segunda depende de todos nosotros. Depende de actuar con sensibilidad humana, de recordar que detrás de un diagnóstico hay una persona cuya dignidad es inviolable.
¿Por qué una gota de lepra tendría que ser un pasaporte al infierno?
No hay ninguna razón. Eso se los aseguro.La lucha no es solo contra un bacilo. Es, sobre todo, contra la sombra que nosotros mismos proyectamos. Desterrarla es el mayor acto de curación.
Curar el cuerpo depende de los medicamentos pero curar el alma, nos corresponde a todos nosotros