Un día como hoy, el calendario marcaba 1948. La noticia cruza la isla como un relámpago sombrío: Jesús Menéndez, el «General de las Cañas», ha caído asesinado.
No fue un hecho aislado, sino un intento de silenciar la voz que durante años se alzó, firme y clara, en defensa de los trabajadores azucareros.
Su ausencia física, sin embargo, no logró apagar el eco de su lucha.Menéndez no portaba armas de fuego, sino la convicción inquebrantable de quien nació entre el sudor de los cañaverales y comprendió, desde la raíz, la dignidad del trabajo.
Su liderazgo no se construyó en escritorios distantes, sino en el calor de los centrales, en el diálogo directo con los macheteros, y empleados que eran el verdadero pulso de la industria.
Conquistó derechos, y enfrentó con valor los abusos del poder. Su «generalato» no lo concedió ningún ejército convencional, sino el reconocimiento espontáneo de un pueblo agradecido.
Hoy, a décadas de distancia, su legado no es un simple recuerdo en los libros de historia. Permanece vivo en la conciencia colectiva, en el principio de que la justicia social es un cimiento irrevocable.
La Historia de Cuba, en efecto, se escribe con estas páginas de dignidad y compromiso; con el sacrificio de hijos que, como Menéndez, entendieron que defender a la Patria es, ante todo, defender a su gente, sus derechos y su futuro.
El «General de las Cañas» camina todavía en la memoria de cada lucha por lo justo. Su muerte fue un punto y aparte, nunca un punto final.
Porque los ideales por los que dio la vida tienen la fuerza de la caña que renace: siempre en pie, siempre verde, siempre endulzando la tierra que lo vio nacer.