Son ellos, los niños, quienes deberían tener el mayor derecho a la vida, sin embargo, la avaricia y el odio han convertido al planeta Tierra en un espacio casi inhabitable para su crecimiento digno y seguro: guerras,
enfermedades y hambre, provocadas o sostenidas por intereses de poder, los
han transformado en la parte más vulnerable de una injusticia acumulada que
no parece tener fin.
¿Qué culpa tienen los niños cubanos de haber nacido bajo un bloqueo impuesto por Estados Unidos desde hace más de 65 años?, ¿Qué culpa tienen los niños de Gaza de haber nacido en una Palestina que el gobierno de
Israel, con la complicidad de las Naciones Unidas, intenta borrar del mapa?, ¿Qué culpa tienen los niños de América Latina, el Caribe y África de haber nacido en el Sur, donde la expoliación histórica, las oligarquías y
las corporaciones transnacionales los condenan a la pobreza y la exclusión?.

Y el fenómeno parece no detenerse. Los gobiernos que se han autoproclamado
dueños del mundo, y no solo los del llamado Norte revuelto y brutal, continúan alimentando la destrucción de aquel sueño que, en algún momento después de la segunda guerra mundial, la humanidad creyó posible: vivir en paz y armonía como especie.
El consumo insaciable de una minoría, el uso de la fuerza, el odio y las guerras en curso, así como las que se anuncian, están trazando un mapa sombrío para las nuevas generaciones, del cual solo un “milagro” podría
rescatarlas.
Pero también cabe preguntar: ¿qué culpa tienen los hijos de los oligarcas, de los guerreristas, de los gobernantes corruptos, de los odiadores y los fascistas, de haber nacido en esas familias y, en muchos casos, reproducir
esos mismos patrones de conducta?
Para los niños del Sur *un futuro mejor*, al menos en el corto plazo, se percibe como una promesa difícil de sostener, no obstante, serán ellos quienes tendrán que revertir este panorama, probablemente a un costo muy
alto, porque de no lograrlo, la especie humana, conducida por la voracidad de los insaciables, difícilmente podrá perdurar.

Mientras tanto, en Cuba, en medio de tantas limitaciones, lo que corresponde hacer por y para las nuevas generaciones, en medio de lo
posible, se hará: así lo establece el Código de la Niñez, las Adolescencias y las Juventudes, que entró en vigor el 28 de enero de 2026, como
compromiso legal y ético con el presente y el futuro del país.