miércoles 01 febrero 2023
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Diez años con Alfredo Guevara por los Festivales de Cine

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Diez años con Alfredo Guevara por los Festivales de Cine

La Habana (Prensa Latina) Siempre resultó metódico y previsor, por eso chocamos en ocasiones durante aleccionadores 10 años, unas veces con mayor colisión, pero nunca telúrica, dado el respeto que le profesaba y las tiernas maneras de regañarnos debido algunos excesos nuestros. Alfredo Guevara López fue un hombre singular.

Alfredo Guevara (1925-2013) sobresalió como político y promotor cultural cubano, doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana, donde conoció al líder cubano Fidel Castro.

Fue el creador y presidente fundador del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) en marzo de 1959, y posteriormente creador y pilar del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Conspirador innato desde la Universidad de La Habana por su temprana filiación comunista, Alfredo bien precozmente se alió al movimiento revolucionario de Fidel Castro a pesar de aparentar disímiles ideologías, vislumbrando su carisma y ascendencia que lo arrastró al Bogotazo con Eliécer Gaitán en la precoz fecha del 9 de abril de 1948.

Por todo ello y mucho más que bien conocía desde antes, por presenciarlo repetidas veces, el Comandante en Jefe, su paradigma innato, cada vez que lo distinguía en un grupo o actividad se le acercaba y lo ceñía con su largo brazo llevándoselo para un apartado.

No llegaba a comprender entonces su discernimiento con las medidas de protección y seguridad que imbricamos alrededor de los Festivales del Nuevo Cine Latinoamericano, ese evento cultural que con praxis creó y desarrolló, devenido en el de mayor masividad popular de la isla y, por ende, el más desdeñado por el enemigo siempre omnipresente desde los años iniciales.

GRANDES EMPATÍAS

Nos calificaba muy asiduamente en público y en privado, siempre con su delicadeza congénita, de ser excesivos paranoicos, a lo que invariablemente rezongábamos que así lo preferíamos a prestarnos a ingenuidades. No vaya a creerse por ello que no nos profesáramos grandes empatías.

Tanto es así que una vez le mandamos una felicitación por su cumpleaños el siempre entreverado último día del año, invitándolo para un almuerzo de trabajo mediante una postal alegórica con alguna frase de Rousseau o de Clouscard que exprofeso incorporamos.

Pues mordazmente le comentó entre risas al mensajero -creo que era Claudio, jefe de Contrainteligencia en una Sección de entonces que estuvo bajo mi mando- que lo estábamos Guevariando.

Aproveché el refrigerio y le insinué que aplicaba ese gentilicio solo al Che, de quien fue gran amigo y años después le dedicó un libro imprescindible, sobre los versos y cartas de amor a Aleida March, esposa y madre de cuatro hijos del heroico Comandante.

Cuando supo de mi grande y vieja amistad con el trovador Silvio Rodríguez -él fue con Haydée Santamaría, fundadora y directora de la Casa de las Américas, desde 1969 los pioneros promotores de la Nueva Trova con el Grupo de Experimentación Sonora del Icaic- me mandaba recados para el cantautor, siempre para bien.

Recuerdo cuando discrepamos porque en una ocasión quiso que le trasladara al trovador que según él “no le iba bien con Afrocuba (como grupo acompañante) porque su ritmo estrepitoso le dificultaba escucharle”.

SUPERACIÓN INTELECTUAL DE LA MEJOR

Lo cierto es que Alfredo Guevara López, fundador del Icaic, su mayor obra, desde 1959 hasta 1983 en que fue designado embajador en la Unesco, en París, de donde regresó a finales de la década de los 90 casi hasta su deceso, se distinguió siempre a pesar de esas intrascendencias, por apuntalarnos e intentar brindarnos superación intelectual de la mejor, tanto a jefes como a oficiales operativos del Ministerio del Interior (Minint).

Recuerdo que allá por los años 60, con mucha asiduidad nos invitaba a los estrenos de películas surrealistas que ofrecía al comandante Manuel Piñeiro, entonces viceministro del Minint, en una salita privada de exhibiciones en el cuarto piso del edificio del Icaic, con la finalidad de que ampliáramos nuestras incipientes intuiciones.

En otra oportunidad nos convocó a su casa de la calle 11 del Vedado, y cargando y acariciando a uno de sus variados perros, nos mostró en la sala y pasillos los cuadros de muy afamados plásticos, nacionales y extranjeros, que atesoraba en su variada colección.

Lo conminé a propiciarle alarmas contra robos, sobre todo a los de Wifredo Lam (1902-1982) y Servando Cabrera (1923-1981), y ripostó con sarcasmo: “Fíjate si sigues con esa paranoia, que aquí estuvieron Fidel y Raúl (Castro) y ni me lo recomendaron”.

Los Festivales del Nuevo Cine Latinoamericano constituyeron su obsesión, en su organización hiperquinética todo lo tocaba con las manos, hasta había que explicarle porqué la demasiada presencia policial en algunos cines.

Esto, cuando sabíamos con antelación que elementos de grupúsculos contrarrevolucionarios de entonces pretendían crear desórdenes, sin embargo, accedía de inmediato consciente como era enfrentando al enemigo, a ofrecer credenciales para que algunos actuaran encubiertos.

COMPRENSIVO, PERO DE CRITERIO FIRME

Hombre de amplio diálogo y comprensión de la diversidad y los matices, aunque siempre intransigente con los principios de la Revolución, fue pionero en los diálogos de intercambios, iniciados en noviembre de 1979, con las inquietudes estudiantiles universitarias.

Y cuando el día de inauguración de algún Festival coincidía con la religiosidad del 4 de diciembre, por Santa Bárbara o el Changó deidad de los orishas más populares y venerados de la religión yoruba, no escatimaba en mandar a montar, sin prejuicios, un lozano altar alegórico en la misma sala de recepción del cine Chaplin.

Un buen día le alertamos que algunos pocos estudiantes de la Escuela Latinoamericana de Cine, dadas sus costumbres o tradiciones, estaban cultivando plantas de marihuana en los balcones.

Me pidió le precisara si las vendían o las consumían, y al responderle que más bien era solo lo último, se personó y los reunió con otra finalidad, y de manera fugaz tocó el tema y desparecieron los cultivos.

El día del estreno de La Bella de la Alhambra, hace bastantes años, la sobreventa de papeletas o demasiadas credenciales otorgadas conllevó a un molote desorganizado a la entrada de la función en el teatro Carlos Marx que provocó la rotura de una de las gruesas puertas de cristal, estrepitosamente.

Cuando allí concurrió Alfredo, no escatimó en admitir en presencia de varios dirigentes que teníamos razón cuando le alertamos lo que podía ocurrir, pero siempre intransigente con sus razonamientos, apostilló: “Aunque el asunto no se resuelve solo con más policías, voy a mandar a poner doble función esta misma noche”, y lo hizo aplicar.

Así lo recuerdo, un hombre de criterios firmes y protestón con todo lo mal hecho, de acciones consecuentes y exigente, pero también capaz de reconocerse errado y subsanar de inmediato.

Con su desaparición Cuba perdió un renombrado intelectual y mejor revolucionario pero sobre todo, los Festivales del Cine Latinoamericano se resentirían sino se atendieran sus legados organizativos y de cualidad excelsa, valedero también para los encargados por el Minint de la Seguridad y Protección.

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